De trenes y literatura

por: mari n pérez

Para una chica de isla como ella, viajar en tren seguía teniendo matices casi románticos y poseía tanto de literatura como cualquier atardecer de cuentos. Por supuesto, culpables de esta sensación, que a veces la desbordaba por dentro, eran el cine y los libros, contadores de historias en las que el tren adquiría un protagonismo real, único y siempre deslumbrante. Desde el siglo XIX muchos han sido los escritores y los directores de cine que se han ocupado de ello.

Aun así y aunque parezca extraño, esa chica de isla sólo había visto el tren en las películas, casi siempre unido a un adiós trágico de vapor de cuentos o a un reencuentro de amantes, de esos de beso atolondrado y final inevitablemente feliz; o incluso, a Extraños en un tren en el que se producen asesinatos condimentados por la oscuridad fantasmal y estrecha del camino; o al nacimiento imperioso de algo nuevo, el progreso… decían… Esa chica de isla, que podría incluso llamarse Ana y haberse arrojado a las vías cual heroína literaria, sentía que el tren era el espacio de la posibilidad, la cercanía del otro desconocido, a pesar de que era consciente de que el siglo XXI había apagado las probabilidades de conversación.

La primera vez que se subió a un tren tenía 15 años y era invierno. Fue en Italia. El trayecto iba a ser muy corto. Su familia quería visitar un pequeño pueblo a las afueras de Roma, así que ese día madrugaron y a las siete menos cinco de la mañana, la mano de la chica rozaba el cristal frío de un viejo tren de cercanías.

Después de ese, vinieron muchos otros: trenes serios de gran ciudad, trenes que se escapaban, trenes atestados de gente y de gallinas, trenes que llegaban al lugar equivocado, trenes ruidosos de verano de playa y de tardes de reencuentros solitarios. Sin embargo, siempre recordaría el viejo tren de invierno de los quince años, envuelto en una nube de posibilidades.

Por eso, cada vez que volvía al tren, olvidaba su libro en la maleta, suspiraba nerviosa en su asiento de ventana, muerto el móvil y las prisas, esperaba hasta que apareciese la historia, para así leer sin descanso, con los ojos cerrados, observando el paisaje en el recuerdo, reconociendo las palabras de Neruda, en ese lugar donde se respira “un sueño sin perfumes, sin nieves, sin raíces”.

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