Este año me voy sola

Ventajas, facilidades y alegrías: la riqueza de viajar sola

Eliges tu destino favorito. Ése que tanto anhelas y que tantos nervios te provoca. El destino que prefieres, tu viaje deseado. Ése que nunca has podido compartir porque aquel verano tus amigos prefirieron tirarse al calor de la playita; porque en navidad tu pareja no tenía vacaciones, o simplemente, no le apetecía, quizás era demasiado lejos o tal vez demasiado incómodo… Así que este año te vas sola, por eso eliges tú tu destino favorito. Ése que siempre deseaste. El que te lanza mariposas en la tripa y cosquilleos nerviosos en los labios. Te excita el entusiasmo. El miedo curioso a las posibilidades… Alguien dijo… ¿tú sola? ¿tan lejos? ¿dónde está eso? ¿estás segura? Y se estrellaron los nervios en tus manos. No, no estoy segura. Pero, da igual, porque esa inseguridad también te gusta. Haces caso omiso a los peros externos. Las dudas sólo vienen de ti y eres tú quien las disipa. Se van, se esfuman, no están. Quedan el viaje y las ganas. El destino que quieres. El viaje que quieres. ¿Estás lista?

VIAJAR POR…

La libertad de estar sola, de no depender de las ganas o del desencanto de los otros. Tú decides la hora de llegada al aeropuerto, tu café, tus nervios, la emoción. Un viaje organizado o un itinerario inexistente que elaboras en la ruta, según esté la tarde o el vinito. Todo queda a tu merced. Nadie se acercará a cambiar de hora la velada.

La soledad de los encuentros. Viajar sola te acerca más a los otros, que te preguntan, te hablan, te acompañan. Atardece en Alice springs. Australia. Esa vez viajando sola disfrutaba de la puesta del sol rojo australiano. Pensaba en lo hermoso que resultan los lugares, sobre todo, cuando se comparten. Y allí estaba yo, en una terraza en el desierto, observando atónita cómo la silla vacía se ocupaba en un diálogo reposado de saludos y presentaciones. Así de fácil, porque la soledad llama al encuentro.

La posibilidad de que el viaje se adapte a la viajera. Cambiar los lugares y los tiempos. Dejar que la ruta te sorprenda y modifique tus planes, los deshaga, construyendo así un nuevo camino, aunque no esté en la guía ni aparezca en los folletos de la agencia. Amanece en Melbourne. En una semana estaré de vuelta a casa. Esa vez que viajé sola cambié los billetes y los planes. Decidí que me quedaba, que el tiempo se había esfumado y que Nueva Zelanda estaba tan cerca que bien se merecía una foto. Y es que descubrí, que eso de viajar sola me gustaba, a mis anchas, sin prisas ni decisiones irremediables, con una mochila a la espalda, ligera de carga y repleta de posibilidades.

Yo, este año, me voy sola.

retrovisor

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