Con sabor a Sal

2015-10-18 11.05.49

Salada y verde. La isla de Sal no tiene casa. Sonríe esta tierra plana, desangelada, cubierta de mar verde y salado por todas partes. Hay calor en el aire y suena a vacaciones el ambiente, como la música que aún no has escuchado pero que bailarás una noche en el Calema.
Son casi las doce cuando llegamos al aeropuerto de Amílcar Cabral. Pequeño. Amable. Con una wifi que sorprende a la familia que pregunta curiosa qué tal se muestra esta pequeña África. En un par de horas y algo más, hemos viajado de isla a isla, sobrevolando el océano que compartimos Canarias y Cabo Verde, archipiélagos vecinos de mar y de playa, pero que hasta ahora han permanecido casi desconocidos: el sur castiga al sur… parece que la brújula nos orientara hacia lo alto, al hemisferio urbanizado y civilizado, o eso dicen los periódicos. Lo de abajo son unas islas de África que cuelgan distantes y extrañas, pero que te esperan amables y exóticas, como el mar que compartes.
En el taxi nos persigue el calor del viento y la música que suena veloz, como este coche que corre los paisajes de la isla, atravesando la llanura con unas prisas poco vacacionales porque Santa María está tan cerca del aeropuerto como el mar. Y en el camino no hay nada. Una gran planicie nos rodea, tierra sin más, el olor a desierto a lo largo de casi 20 kilómetros hasta que avistamos las primeras casas al sur.
Es Santa María, un pequeño oasis de vida abierto al mar en la zona sureste de la isla. No es una ciudad atractiva, no es grande ni se alzan a lo largo de sus calles esbeltas casas coloniales. Es un pueblo pequeño que está casi por hacerse y que se ofrece al turista con la amabilidad que destilan sus bares de colores y el bullicio del día que surge de las aceras.
Santa María no es más que la excusa para salir al mar. La coartada perfecta para correr a la playa blanca a descansar de la vida, a bañarse en el verde transparente de unas aguas que respiran a la temperatura ideal, sin importar el momento del día en que te sumerjas en ellas. Así te recibe la isla. Te extiendes en la arena en la que suena el ritmo del pilonkan del Princezito músico caboverdiano. Algunos lo llaman “el poeta del pueblo” y así lo afirma él en sus canciones: “casador di poema”, “piskador di inspirason”, juglar que nos ofrece la isla en el baile que sugieren sus melodías.
Y así lo bailamos una noche en el pub Calema, rodeados de turistas como nosotros que también vinieron a bañarse en las ricas playas de Cabo Verde, a saborear la cachupa y el pescado fresco de sus aguas, a nadar con tiburones, a bañarse en las salinas de Pedro da Lume o a saltar del muelle de postal en el que transcurre la vida de este pueblo… Pero la noche trae más cosas. Y a veces el norte llega al sur con su mirada desde arriba y entonces lo ves en sus gestos. Los observas, a ellos y a ellas, rozando los cuerpos brillantes de jóvenes que han nacido en Santa María, que han vivido allí sus dieciocho años, quizás incluso menos y que mañana se levantarán e irán a la escuela y comprarán comida en los supermercados carísimos de este pueblo. Y el próximo fin de semana allí estarán otra vez, ellos y ellas, porque otros del norte vendrán, con su mirada desde arriba y su dinero, a ofrecer turismo y civilización, o eso dicen los periódicos.
Un trago de grogue despierta. Fuerte y denso como esta postal que también te llevas de la isla.

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