Ya no se oyen las balas. Un paseo por Sarajevo

Ya no se oyen las balas.

Suena la algarabía de la ciudad, el claxon de los coches, las pisadas serenas de los transeúntes, el sonido amistoso de musulmanes, católicos y ortodoxos, conversando más allá del ruido de las calles.

Una ciudad esculpida en un valle, rodeada de montañas olímpicas y del abrazo verde de la naturaleza. Una ciudad amable, entusiasmada con el ir y venir de los turistas que la descubren y la quieren. Una ciudad de cine, con el recuerdo borroso de una mala película en blanco y negro y, sin embargo, abierta a la posibilidad de un futuro de estreno que, casi con seguridad, está aún por llegar y sorprendernos.

Ya no se oyen las balas en Sarajevo.

Desde Mostar, la ciudad del puente, el calor intenso de julio en este lugar que todavía suena a telediario y a noticia gris, la cháchara de pueblo en sus calles renacidas, un almuerzo ligero o un té helado en una terraza sobre el río Neretva, cuyas aguas atraviesa el Stari Most, el puente viejo, contador de historias y tragedias.

Desde Mostar y sus calles medievales, repletas de souvenirs y de cafés exóticos.

Desde la Mostar vieja que guarda las huellas de la guerra, la desolación de un odio incomprensible. Desde la Mostar nueva que recibe afectuosa, los bañistas se alinean cual ejército, desafiando el lenguaje de las alturas, a la espera del agasajo y la moneda del turista… Desde esta ciudad afable, de gentes hospitalarias y cercanas, cogemos un autobús que serpentea curvas ajenas y llegamos en dos horas a la ciudad de Sarajevo.

 

Ya no se oyen las balas en Sarajevo.

2015-02-17 22.22.57

Recorremos la calle Obala Kulina Bana, bordeando el río Miljacka, reconociendo los edificios que asoman a lo largo del camino. La ciudad está repleta de colores y de gente, de personajes de cine que adornan la escena de esta película que nos invade y nos encanta. Es 24 de julio. Bienvenidos al Festival Internacional de Cine de Sarajevo. Oficina de información. Diálogo cortés, sonrisas y un lo siento. Todo lleno. Es julio. La semana del cine en Sarajevo. Sorpresa. Desconcierto. Cansancio. Nos asomamos a la calle en busca de un rincón para nosotros. Así que, tras ingentes esfuerzos por encontrar alojamiento en esta ciudad de películas (parece que el cine sigue siendo miel para turistas…), conseguimos un espacio en el que descansar del calor y de la noche.

El sol despierta en la calle Ferhadija, un desayuno rico y esperado y el deambular por el centro de esta ciudad que ya nos encanta; envolverte en los aires turcos que rodean Bascarsija, el viejo bazar de callejuelas medievales, la voz de la mezquita y un paseo hasta un antiguo mercado de seda y muebles, Brusa Bezistan, uno de los tantos museos que ofrece Sarajevo. Callejeando llegamos a la avenida del río. Cruzamos el Puente Latino, el lugar del asesinato, el origen de tantos males comenzados hace tiempo, allá por 1914 y convertidos en guerras inservibles. Guerras antiguas y nuevas. Lo descubrimos en los vacíos que dejaron las huellas en Vijecnica, uno de los edificios más imponentes de la ciudad, de estilo oriental y mudéjar, la Biblioteca Nacional, incendiada por la artillería serbia en 1992 sin piedad alguna. El humo quemó millones de libros y de historias. Sería el principio del fuego.

En ese callejear se hace la tarde y nos alerta el ruido, el brillo de una alfombra roja que se extiende por las calles de esta ciudad de tranvías. Porque Sarajevo fue, pero hoy revive cada verano en las películas que ofrece, cada día en que se inventa, como ciudad y vida, nueva, atenta, posible.