Con sabor a Sal

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Salada y verde. La isla de Sal no tiene casa. Sonríe esta tierra plana, desangelada, cubierta de mar verde y salado por todas partes. Hay calor en el aire y suena a vacaciones el ambiente, como la música que aún no has escuchado pero que bailarás una noche en el Calema.
Son casi las doce cuando llegamos al aeropuerto de Amílcar Cabral. Pequeño. Amable. Con una wifi que sorprende a la familia que pregunta curiosa qué tal se muestra esta pequeña África. En un par de horas y algo más, hemos viajado de isla a isla, sobrevolando el océano que compartimos Canarias y Cabo Verde, archipiélagos vecinos de mar y de playa, pero que hasta ahora han permanecido casi desconocidos: el sur castiga al sur… parece que la brújula nos orientara hacia lo alto, al hemisferio urbanizado y civilizado, o eso dicen los periódicos. Lo de abajo son unas islas de África que cuelgan distantes y extrañas, pero que te esperan amables y exóticas, como el mar que compartes.
En el taxi nos persigue el calor del viento y la música que suena veloz, como este coche que corre los paisajes de la isla, atravesando la llanura con unas prisas poco vacacionales porque Santa María está tan cerca del aeropuerto como el mar. Y en el camino no hay nada. Una gran planicie nos rodea, tierra sin más, el olor a desierto a lo largo de casi 20 kilómetros hasta que avistamos las primeras casas al sur.
Es Santa María, un pequeño oasis de vida abierto al mar en la zona sureste de la isla. No es una ciudad atractiva, no es grande ni se alzan a lo largo de sus calles esbeltas casas coloniales. Es un pueblo pequeño que está casi por hacerse y que se ofrece al turista con la amabilidad que destilan sus bares de colores y el bullicio del día que surge de las aceras.
Santa María no es más que la excusa para salir al mar. La coartada perfecta para correr a la playa blanca a descansar de la vida, a bañarse en el verde transparente de unas aguas que respiran a la temperatura ideal, sin importar el momento del día en que te sumerjas en ellas. Así te recibe la isla. Te extiendes en la arena en la que suena el ritmo del pilonkan del Princezito músico caboverdiano. Algunos lo llaman “el poeta del pueblo” y así lo afirma él en sus canciones: “casador di poema”, “piskador di inspirason”, juglar que nos ofrece la isla en el baile que sugieren sus melodías.
Y así lo bailamos una noche en el pub Calema, rodeados de turistas como nosotros que también vinieron a bañarse en las ricas playas de Cabo Verde, a saborear la cachupa y el pescado fresco de sus aguas, a nadar con tiburones, a bañarse en las salinas de Pedro da Lume o a saltar del muelle de postal en el que transcurre la vida de este pueblo… Pero la noche trae más cosas. Y a veces el norte llega al sur con su mirada desde arriba y entonces lo ves en sus gestos. Los observas, a ellos y a ellas, rozando los cuerpos brillantes de jóvenes que han nacido en Santa María, que han vivido allí sus dieciocho años, quizás incluso menos y que mañana se levantarán e irán a la escuela y comprarán comida en los supermercados carísimos de este pueblo. Y el próximo fin de semana allí estarán otra vez, ellos y ellas, porque otros del norte vendrán, con su mirada desde arriba y su dinero, a ofrecer turismo y civilización, o eso dicen los periódicos.
Un trago de grogue despierta. Fuerte y denso como esta postal que también te llevas de la isla.

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Ya no se oyen las balas. Un paseo por Sarajevo

Ya no se oyen las balas.

Suena la algarabía de la ciudad, el claxon de los coches, las pisadas serenas de los transeúntes, el sonido amistoso de musulmanes, católicos y ortodoxos, conversando más allá del ruido de las calles.

Una ciudad esculpida en un valle, rodeada de montañas olímpicas y del abrazo verde de la naturaleza. Una ciudad amable, entusiasmada con el ir y venir de los turistas que la descubren y la quieren. Una ciudad de cine, con el recuerdo borroso de una mala película en blanco y negro y, sin embargo, abierta a la posibilidad de un futuro de estreno que, casi con seguridad, está aún por llegar y sorprendernos.

Ya no se oyen las balas en Sarajevo.

Desde Mostar, la ciudad del puente, el calor intenso de julio en este lugar que todavía suena a telediario y a noticia gris, la cháchara de pueblo en sus calles renacidas, un almuerzo ligero o un té helado en una terraza sobre el río Neretva, cuyas aguas atraviesa el Stari Most, el puente viejo, contador de historias y tragedias.

Desde Mostar y sus calles medievales, repletas de souvenirs y de cafés exóticos.

Desde la Mostar vieja que guarda las huellas de la guerra, la desolación de un odio incomprensible. Desde la Mostar nueva que recibe afectuosa, los bañistas se alinean cual ejército, desafiando el lenguaje de las alturas, a la espera del agasajo y la moneda del turista… Desde esta ciudad afable, de gentes hospitalarias y cercanas, cogemos un autobús que serpentea curvas ajenas y llegamos en dos horas a la ciudad de Sarajevo.

 

Ya no se oyen las balas en Sarajevo.

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Recorremos la calle Obala Kulina Bana, bordeando el río Miljacka, reconociendo los edificios que asoman a lo largo del camino. La ciudad está repleta de colores y de gente, de personajes de cine que adornan la escena de esta película que nos invade y nos encanta. Es 24 de julio. Bienvenidos al Festival Internacional de Cine de Sarajevo. Oficina de información. Diálogo cortés, sonrisas y un lo siento. Todo lleno. Es julio. La semana del cine en Sarajevo. Sorpresa. Desconcierto. Cansancio. Nos asomamos a la calle en busca de un rincón para nosotros. Así que, tras ingentes esfuerzos por encontrar alojamiento en esta ciudad de películas (parece que el cine sigue siendo miel para turistas…), conseguimos un espacio en el que descansar del calor y de la noche.

El sol despierta en la calle Ferhadija, un desayuno rico y esperado y el deambular por el centro de esta ciudad que ya nos encanta; envolverte en los aires turcos que rodean Bascarsija, el viejo bazar de callejuelas medievales, la voz de la mezquita y un paseo hasta un antiguo mercado de seda y muebles, Brusa Bezistan, uno de los tantos museos que ofrece Sarajevo. Callejeando llegamos a la avenida del río. Cruzamos el Puente Latino, el lugar del asesinato, el origen de tantos males comenzados hace tiempo, allá por 1914 y convertidos en guerras inservibles. Guerras antiguas y nuevas. Lo descubrimos en los vacíos que dejaron las huellas en Vijecnica, uno de los edificios más imponentes de la ciudad, de estilo oriental y mudéjar, la Biblioteca Nacional, incendiada por la artillería serbia en 1992 sin piedad alguna. El humo quemó millones de libros y de historias. Sería el principio del fuego.

En ese callejear se hace la tarde y nos alerta el ruido, el brillo de una alfombra roja que se extiende por las calles de esta ciudad de tranvías. Porque Sarajevo fue, pero hoy revive cada verano en las películas que ofrece, cada día en que se inventa, como ciudad y vida, nueva, atenta, posible.

Im-perdibles: Tenerife

En tu paseo por Tenerife, no te puedes perder…

  • Mucho más que sol y playa. La figura de un volcán, un paisaje lunático o un escenario de titanes. Despídete de la realidad en Las Cañadas, en su entorno de ensueño, limpio el aire de ciudades. Camina este Parque Nacional, el más antiguo de los parques de Canarias; postal irremediable de la isla, con el Teide al fondo, imponente en su altura. Morada antigua de Guayota, Echeyde mítico, te llevarás sus 3718 metros en la foto de tu viaje.

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  • Los Acantilados desde el mar en Los Gigantes, ingentes avenidas de piedras que caminan hacia el cielo. Arrullada por la ola, en piragua o desde un barco, la grandeza del paisaje te ensombrece. No te pierdas el paseo, quizás te regalen estos mares una fiesta de delfines o la compañía serena de una familia de ballenas.
  • La Isla Baja: Garachico. No sepultó el volcán tu pasado glorioso. Como puerto principal de Tenerife se llenaron de azúcar y de vinos tus navíos. La lava alcanzó el mar hace ya tiempo y en su paseo construyó formas de piscinas caprichosas. Un baño es un masaje en la excursión. Si el mar te lo permite, disfruta de sus aguas y, después, un vino de la zona y un pescadito en alguno de los bares de la villa.
  • Una mochila por Anaga, el espacio más virgen de la isla. Soplan los vientos alisios tus montañas, humedeciendo el espacio y ayudando a madurar la laurisilva. Escondes la playa de Benijo, hermosa en su desnudez, salvaje y negra; Almáciga, Roque Bermejo y numerosos caseríos que huelen a leña y a plato de cuchara calentito.

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  • Surfea los vientos en El Médano. Es allí donde el mar te ofrece todos sus deportes: juegan las cometas en el cielo de colores, navegan las olas windsurfistas y surferos. Ajenos al otoño o al invierno, si hay olas y murmura el viento, la playa se transforma en arcoíris. Por la tarde, camina hasta Pelada o descubre la montaña más roja de la isla y su playa, La Tejita, sendero que termina en El Pirata, o ahí empieza, recordarás encandilada el atardecer de la montaña.

Este post esboza sólo unas cuantas pinceladas, imposible pintar el cuadro entero, a pesar de vivir aquí, de compartir la isla en excursiones, en paseos nuevos, en vacaciones de fin de semana o de verano. Tenerife está llena de lugares, de esquinas, de recodos, de senderos viajables… ¿cuál es el tuyo?

1, 2, 3… y así hasta 12 uvas de comerse Fuerteventura

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Se ve desde el cielo, larga, amarilla, llena de sol y de viento sus costas. Te llega la brisa marina y la calma del paisaje. Cuando aterrizas recuerdas los atascos que no quieres, el frío del que huyes, las prisas de esta época en las calles. Así que te sientes afortunada porque este año a alguien se le ocurrió Fuerteventura y allá vas, a la isla que ya sabes que te encanta, en verano o en diciembre, da igual el momento, porque la luz de Fuerteventura permanece encendida todo el año.

Te comeré en bañador, tirada en los lagos de La Concha en el Cotillo, jugando con la soledad del viento y de la arena, atrapando el calor tibio del invierno.

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Te sentiré desde el aire, agarrada por primera vez a una cometa de colores o al equilibrio de una tabla que lucha por hundirse. En Sotavento, insistiré en flotar en su laguna, aprenderé con calma los ejercicios necesarios para pasear el mar y sus corrientes.

Te acariciaré en Cofete, también al sur, más allá de Morrojable, por el camino pedregoso que continúa construyendo la isla. Y en la soledad eólica de su orilla, leeré el viento de sus aguas, que agita violento este paisaje, aislado, sin chiringuitos ni sombrillas, tan sólo el ulular de leyendas viejas tras los muros de una villa silenciosa.

Te imaginaré desde la terraza del pueblo, ahora que el mar se levanta y no permite paseos. Te observaré desde el norte, isla pequeña, se dibuja en Corralejo tu silueta. Isla de Lobos, guarda el faro que Antoñito encendiera hace ya tiempo, dando luz al encanto de este islote. Saborearás los versos de Josefina Plá, poeta, ensayista, pintora y tantas cosas…; mientras te recreas en otros sabores de la isla. No olvidarás visitar su imagen, cerca de la playa de las Conchas, escultura homenaje a esta mujer nacida al borde de un faro, entre Lobos.

Te pasearé el interior de tu mapa, en ese viaje en el tiempo que es Betancuria, más verde, más fría, más vieja. Villa antigua, nacida en el siglo XV como un oasis en este desierto.

Te recorreré a pie o en bicicleta, por la carretera de la costa, entre Cotillo y Corralejo, con el mar al lado y sus arenas. Iré despacio, observando el viento, el vaivén de las montañas onduladas que son dunas… Y cuando el cansancio empiece a colarse en el camino, habrá un bar entre la arena, donde estrenar la última cerveza del año.

“… Y, de pronto, el viajero

surgió. Sobre el sendero

sus pies dejaban pálido,

fosforente reguero…”

JOSEFINA PLÁ

¡Feliz año, Feliz viaje!

Regala Sevilla

por mari n pérez

Torre-Giralda

¿Quién te susurró al oído el murmullo de la calle Sierpes? ¿Quién se aventuró a compartirte su vino y las naranjas, el rumor de los caballos, las voces de poetas que anduvieron sus esquinas? La Giralda resultó ser tu vigía. Te llamó cinco veces el almuédano, el repicar de las campanas, la mujer que nació tras sus paredes, arropada por los muros de la torre, por la historia escrita en sus cimientos. Ishbiliya, mora o cristiana, ciudad encantada de azahares.

Caminas sus calles en diciembre. Hace frío, pero el sol suave del invierno se atreve a calentar tus manos. Te dejas llevar por el murmullo del gentío. Antes, habías cruzado silenciosa la Puerta de la Carne, alertada por ese nombre extraño, que te suena a historias de pasado. Ahora observas la catedral de cerca, entras al encuentro del imán muerto hace ya siglos. Su hermosura te resguarda del frío y lo agradeces. El templo sagrado te roba los minutos, tal es su elegancia. Regresas a la calle y todavía te deslumbra su silueta. Aún es temprano…; así sorteas la cola del Alcázar. Ya lo has visitado. De pequeña, hace mucho; también algún verano no hace tanto, cuando el calor que se derrama no lo apagan las cervezas. Así que estás ahí, de nuevo en la medina, ansiosa por repetir las tapas de jamón del Rinconcillo, la vista acariciadora de la Seta o el helado a Rayas de sabores. Vuelves al brillo del Alcázar, a leer en sus paredes, a resguardarte del frío o del calor en el verde de sus patios.

Revoloteas callejuelas blancas. En un barrio laberinto de paseos, pierdes de nuevo el tiempo que tenías. Te atrapa la estrechez de sus entrañas, las casas que guardan los secretos, también una plaza que te acoge o la casa de Cernuda de repente. Atraviesas Santa Cruz en un suspiro, meciendo tu cuerpo al compás de su silueta, recoges el flamenco que suspiran sus esquinas. Te esperan los Jardines de Murillo que abrazan tu llegada, la huerta del retiro, encuentro cálido entre flores.

En el parque… atardece entre palomas. Te llevó tu padre de la mano o fue tu tío. Aquella tarde de verano está en la foto que aparece en tu memoria en ese instante. La infancia vuelve en este viaje, ahora que estás en el Parque María Luisa, observando otras niñas y otros padres, la alegría. Al despertar de este recuerdo, es diciembre y navidad. Olvidaste los regalos, el detalle a la familia. Agotaste el día entre paseos y no compraste la flamenca…

¿Qué llevar? ¿El dorado brillo de la Torre del Oro entre palmeras? ¿Una tarde de río, las cervezas bien fresquitas del recuerdo de un agosto? ¿El ruido inagotable de la gente entre manzanillas en los Mármoles? La primera vez que caminaste Mateos Gago, te adueñaste del sabor de un vino de naranja. La familia te trajo y allí vuelves. Te acompaña la historia andalusí en las palabras pasionales de tu tío, en su andar ligero, en el nervio del reencuentro con los sitios.

Regresas al hotel y empaquetas los regalos. Guardas la ciudad entre camisas, apretujando el brillo de su luz en la maleta. Que no se escapen las voces antiguas de sus versos, el murmullo del agua en los jardines, los ecos de una lengua dibujada en las paredes, la oración que silba el aire, una saeta. Y en la mano, aún el sabor de la Alameda y un gin tonic, el abrazo de la noche y la familia.

noche

Tres cosas impidieron que me visitara

por miedo al espía y temor del irritado envidioso;

la luz de su frente, el tintineo de sus joyas

y el fragante ámbar que envolvía sus vestidos.

Supón que se tapa la frente con su amplia bocamanga,

y se despoja de las joyas, más ¿qué hará con su aroma?

Al Mutamid

Éste es mi regalo: Sevilla.

PLAYA Y POLVORONES

por mari n pérez

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19 de diciembre. 22º. Tenerife. Fun, fun, fun.

Tarareas la melodía al levantarte, mientras tus brazos bostezan el calor de este diciembre. Estás contento. La Navidad se acerca… Pronto será tu día. Juguito de papaya y tostadas de aguacate, aprovechando los productos de la tierra. Además, te has propuesto bajar esa barriga. Ya no luce bien en los anuncios, incomoda al quehacer de tu trabajo, sobre todo en estas fechas, cuando el ritmo crece y el tiempo se te agota.

Te decidiste por el sol y estás feliz. La luz ilumina la terraza, repleta de paquetes, de lazos y colores. Solo por esta vez… un polvorón de mango con canela, te encanta innovar en la cocina. Oyes el mar que baila villancicos. Ya te olvidaste del murmullo del viento en las montañas. Elegiste caminar sobre la arena y volar hasta CANARIAS.

Y aquí estás, desde hace años, ayudado por el ritmo de la tierra, saboreando la navidad encandilado, inventando muñecos en la arena. Fun, fun, fun. Tus dedos se acomodan en las cholas, sientes el cosquilleo de la brisa. Te acercas a la playa en bicicleta, tan cerca estás de sus orillas que no te da tiempo de cansarte. Te has puesto el bañador rojo de las fiestas, de un chillón que grita navidades. Y es que a ti te encantan los colores, la fiesta, la alegría y el baño rico de diciembre, chapoteando entre las olas transparentes, con ese aire infantil que aún conservas.

Ya en la arena, imaginas las montañas a lo lejos, la nieve, la cabaña, no te importa. El sol también te quiere, te abrazan aquí las gentes y los niños. Sólo echas de menos a los renos, pero sabes que se quedaron en su casa, en la libertad de los montes y los campos. Acompañados por amigos, has vuelto cada verano a saludarlos.

Así que sonríes sin dudarlo, la barba engrandece tu sonrisa, muy larga, quizás te la recortes, no agradece el calor tanto revuelo de rizos y algodones. Lo comentarás después con el cartero, que vendrá sobre las doce, con nuevas cartas y postales, tal vez te ayude a recortarla, sólo un poquito, no vaya a ser que te descubran las miradas audaces de los niños.

19 de diciembre. 22º. Tenerife. Fun, fun, fun. Tarareas la melodía observando el vaivén de las palmeras. Qué rico son… Vuelves a casa y al trabajo. Navidad, dulce navidad… Calentita, iluminada… El sol en la terraza, el jugo de papaya y la brisita.

Foto de hoy, 19 de diciembre de 2014. Hora 12:00. Playa de La Tejita. Papa Noel sacó la foto. No había nadie en la platal

Foto de hoy, 19 de diciembre de 2014. Hora 12:00. Playa de La Tejita. Papá Noel sacó la foto. No había nadie en la playa.

Así fue cómo Papá Noel se quedó en Canarias, en cholas, al sol, entre playa y polvores… Fun, fun, fun.

 

5 Viajes en tiempos de crisis

por mari n pérez

Ideas, sugerencias, recetas de viajes…

Buenas, Bonitas, Baratas…

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  1. Lo deseas desde hace mucho tiempo… pero no te decides… Atrévete a viajar al destino que querías. El día es hoy. ABRE EL LIBRO que espera en el estante olvidado a tu deseo. Usa el billete de ida y vuelta y empieza la lectura. No cargues con maletas. En tu viaje, deshazte de la compra y las tareas. Desconecta, por favor, los aparatos.
  2. METE LA INDIA EN TU NEVERA. Trocea el mango en cuadraditos, en la prisa del gentío de Calcuta. Añade leche vegetal, sólo un chorrito, el rumor del Índico y sus playas, el azúcar, un puñadito, la foto del Taj Mahal y mucho más. Escoge cardamomo y espolvorea sus semillas con cuidado. Bátelo todo, mezcla bien los sabores y los sitios, muy frío, sírvelo en la copa de cristal de los domingos. Bebe despacio, el viaje es largo y, aunque en tu cocina es otoño, llueve el monzón naranja del verano.
  3. DÍ QUE SÍ A LAS AMISTADES. Prueba el vino, la cerveza, la confesión inesperada, el llanto de la amiga, la risa y unas tapas. Acepta la propuesta de la cena, disfruta de ese tiempo compartido, de la posibilidad que da el mañana en compañía y participa de sus viajes cotidianos.
  4. RECORRE LOS BALCANES EN UN BAILE. Invita a Goran Bregovic al salón, rueda el sillón y la mesita, que haya lugar para las maletas y la música. Que vuelen las notas y vengan los vecinos a tu viaje, quizás acabes visitando el fado en Portugal, en el vaivén liviano de la voz de Amália o, tal vez, el viento te regale algo más allá y llegarás de noche a Nueva York, a un bar de jazz, la costa este para ti y la emoción de un blues de carretera.
  5. Singing in the rain o un viaje a África. La niebla de un aeropuerto de Marruecos o un rico desayuno con diamantes. El deseo de un viaje en un tranvía o el naufragio del amor en el Titanic. Padrinos, reyes, hobbits o piratas… incluso, una odisea en el espacio, el vértigo con las luces apagadas y la espera ansiosa. El acomodador pide silencio y te sientas. DISFRUTA LA PELÍCULA.

Bájate en Albania

De Vlorë a Saranda: la costa albanesa en ocho mochilas

por mari n pérez

Atiende a la foto.

Albania

No son las cálidas aguas del Egeo, aunque bien podrían serlo… No fliparás en terrazas ibicencas, aunque te sorprenderás bailando en ellas… Sumarás en leks tus desayunos…

Abraza el calor de agosto y es verano en ALBANIA.

Sal de las rutas turísticas. Da igual que viajes con amigos, que sean muchos, incluso ocho. Da igual que no lleves guía, que aun en internet no encuentres la información que desees sobre tiempos, transportes, qué comer o dónde quedarte. Da igual que no sepas nada del país, que incluso te suene raro su nombre, tan sesgadas las noticias que nos llegan de los sitios, sobre todo, de éste que ha sufrido durante años. Da igual que estés en Italia y que no haya vuelos posibles. Puedes coger un barco en Bari, o en Brindisi. Por ejemplo, a las once. Da igual que llegues tarde al puerto y te saltes las dos horas de antelación que, según algún folleto, necesitabas para comprar el billete. Porque incluso a las nueve y media podrás hacerlo, podrás comprar tu billete, los ocho billetes y embarcar hacia Albania.

La gente nos observa. Se preguntan si estos españoles se habrán equivocado de destino. Si viajaban hacia Capri y un tren les llevó a Brindisi y ahora un barco a Vlorë. Pero no. Estaba previsto. Es lo único previsto del viaje: Albania.

Se abren las puertas. La gente corre hacia el barco. Corremos. Al llegar ya no hay colas. Todos se amontona nen la puerta. Un hombre grita. Las manos agitan pasaportes. Les imitamos. Gritamos. Reímos.

Bienvenidos a Albania

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El barco de las once zarpa a las dos. Da igual en vacaciones. Da igual cuando tu destino es Albania y estás nerviosa porque te asalta la curiosidad de lo que ignoras. Da igual porque cuando, a las seis de la mañana, llegas a Vlorë, ya estás segura de que ese país te encantará.

No esperes avenidas hermosas de palmeras ni bares atestados de turistas. Caminarás p5or sus calles desoladas, caminaremos, los ocho, mochila a cuestas. Nos sentaremos en una terracita y tomaremos café. Nos sonreirán esa mañana y desde entonces sabremos que la amabilidad albanesa no tiene límites. En la colina habrá un hotelito destartalado, que aún conserva el encanto de las vacaciones de la infancia. Tendrá unas vistas impresionantes, en la costa, frente al mar, azul, verde, de colores. Comeremos en la playa, un almuerzo brillante en una terraza de agua salada, llena de cervezas y de sonrisas que seguirán siendo amables. Porque, a pesar de la pobreza de las calles, puede más el color de este país desconocido que, desde la llegada, nos sonríe.

De Vlorë a Dhermi. En carretera.

Bordearemos la costa hasta Saranda. Los ocho. Intentaremos coger una guagua que no llega. Da igual, no hay prisa. Alguien parará y ofrecerá su coche. Después otro, también un señor llamado Squipcia, que nos hablará de su país, de la mal conocida Albania, de ésa que no aparece en los mapas porque nadie se ha molestado en dibujarla. Ya estamos, los ocho. Llegaremos a Jale y a un chiringuito: todo rico, barato y, de postre, un baño de mar.

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Dhermi será un pueblo precioso, de montañas que llegan hasta el agua, mar que sana de un calor que casi ahoga. Disfrutaremos en sus playas y en sus pequeños cafés, recién estrenados de pequeños turistas. Lugar tranquilo y amable, a pesar del descuido que se esconde tras terrazas ibicencas de ensueño; a pesar de sus casas derruidas y del paseo gris que da acceso a una playa de postal.

 

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De Dhermi a Saranda. En carretera.

Esperaremos. Los ocho. Algunos acudirán a la llamada de un flamante mercedes; otros acompañarán a una familia de albaneses; los últimos nos conformaremos con el auto cotidiano de un señor silenciosamente amable. Habrá una cola enorme y, como en la cortazariana Autopista del sur, habrá charlas, cervezas y la necesidad de estirar las piernas en la espera. Hace calor, pero más allá del atasco, observarás el paisaje que te rodea y disfrutarás del momento, disfrutaremos, porque el viaje también es el camino. La cola empezará a moverse. Volveremos a los coches. El viaje sigue. En Himara, de nuevo, una terraza de playa, cerveza fría e historias de Albania. Todo, amabilidad de la casa.

Llegaremos a Saranda. Los ocho. Cada uno con su historia de viaje. Cenaremos en un bar hacia el mar, descubriendo tierra griega a lo lejos.

Donde acaba Albania, ésta empieza a dibujarse.

“El amor pequeño reclama la devolución de fotografías,

a los grandes amores se los lleva el viento en los andenes…” ISMAIL KADARÉ

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La foto del año

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por mari n pérez

Hoy no hay viento. Es agosto. 2005. Hace calor. Una suave brisa se levanta de la orilla. El mar reposa. Un día de playa de domingo en La Tejita, sin viento, qué rico y aún son las doce. Extiendes tu toalla al lado de esas rocas, cerca de lo que dentro de unos años será casi una playita familiar, vendrá un pirata y un chiringuito que olerá a cruasanes y a ceviche. Pero eso será dentro de unos años.

Hoy estás extendiendo tu toalla junto a las rocas, justo en el momento en que un desconocido acapara tu atención. El hombre corre hacia el centro de la playa mientras habla por el móvil, agita sus manos y señala al mar. Sigues la dirección de su brazo, bailan las olas, no parece haber nada más. De repente, tu amigo grita y lo ves, sí, sí, allí, un barco, no, no es un barco, pero hay gente, mucha, demasiada.

Se tropiezan en la orilla y caen. Van cayendo sobre la arena, ahora uno, después otro, luego otro más…, mañana sabrás que se trataba de 88 africanos, sí, inmigrantes, personas, sí. Pasa el tiempo, cinco minutos tal vez, pero tu cuerpo permanece rígido, fuera de escena. No pestañeas hasta que el amigo te coge de la mano y te grita que corras, anda, vamos, acerquémonos. El kilómetro de playa se hace eterno. Cuando llegas, los ves en la arena, algunos se mueven, otros no. Mañana leerás que todos han sobrevivido, pero ahora no lo sabes, y sientes miedo, perplejidad, desconcierto, terror. Otros turistas se acercan. Alguno se sienta y acaricia una cara o coge una mano que ruega agua. Así hasta 88. Ves a tu amigo que lo imita, entonces despiertas y entras en escena.

En diciembre volverás a recordar, cuando El País recoja tu día de playa convertido en imagen del año, ese día en el que la pobreza fue real, la viste, le diste agua, Occidente acomodada, tú también, en tu día de playa de agosto en el que te gritaron ayuda al oído, mientras tomabas sol en La Tejita. La playa negra de la montaña roja. El recuerdo que permanece cuando paseas sus arenas, aún hoy, acompañada de amigas nuevas, pero viejas ya en el alma; gente que, como tú, se han refugiado a la sombra de la montaña, al sotavento de los males.

Vaya artículo de playa, piensas… No has hablado de la playa. IMG-20140827-WA0004Eso te molesta un poco porque sabes que te encanta su fuerza y la energía que desprende su color, el rugir de las olas en agosto y la calma de septiembre.

Hoy las cometas se deslizan en el cielo. Parecen atrapar la montaña en sus colores, pero gana el rojo de la tierra, la fuerza de la sangre del amor guanche que cuenta la leyenda… Siempre gana. También en el amanecer, cuando el sol empieza a arder tras su silueta, hasta derramarse en sus arenas. La buscas también cuando atardece, en la hora en que se torna casi púrpura, tal es la fuerza de la luz, tanta… que no sabes si proviene del sol o de la tierra.

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Hoy estás sentada en el bar Pirata, porque hasta ahí llegan los destellos.

La foto de la playa ahora ha cambiado. La has visto crecer hasta ahogarse en el desierto de tabaibas que la separa del asfalto. Ha arrojado su fuerza con olas imposibles, el rugir del mar bravío del norte que a veces se desata en el sur. Otras veces es como un bebé adormitado y puedes acariciar la transparencia de sus aguas, alejada de peligros. La foto de la playa debe estar llena de momentos: el paseo de la tarde, las cervezas que te ofrece algún pirata, buen rollito, delfines a lo lejos, el agua que limpia pesadillas, la charla sanadora, la memoria de un recuerdo africano que aún continúa, bailando en las orillas, en esta costa que se abre a danzas antiguas, que también son nuestras, porque por esta playa entraron y todavía suenan melodías.

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Tuanis mae…

por mari n pérez

“En este malpaís que es paraíso,

donde se enciende el mar como una hoguera”

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Todo el que llega a Costa Rica sale huyendo de San José, una ciudad afeada por barrotes y vallas electrificadas, llena de miedo y de puertas cerradas.

Sin embargo, detrás de esa estética extraña y gris, San José es “tuanis”.

Llegas al aeropuerto tras un viaje largo desde Europa. A lo mejor algún amigo te está esperando, casi seguro cogerás un taxi que te lleve al centro. No tendrás problema, hay tantos alojamientos donde elegir…, Costa Rica es “el destino turístico de Centroamérica”. Decides que será mejor algo sencillo, así habrá más gente como tú. Te hablarán de las maravillas de este país sin ejército, de sus orillas, sus volcanes, de su interior selvático de colores brillantes y animales imposibles. Todo ello lo sabes y lo esperas. Ya te lo han contado, lo han visitado tus amistades y todos te han transmitido emocionados, ese arco iris de sorpresas que es Costa Rica. Pero tú sigues ahí, en la entrada del paraíso. Y te preguntas qué hacer. Adónde ir. Empiezas a informarte sobre horarios y destinos, intentando cuadrar en tu agenda los lugares y los tiempos. Te entra un hambre voraz y sales a la calle. Quieres probar el gallopinto, así que empiezas el viaje con un trozo de Tiquicia en tu plato. En el bar, justo al lado, unas chicas hablan de sobremesa, te miran, sonríen, sí, española, ¿ah sí?, yo también, aunque ya casi tica, más de diez años aquí, claro, no, no, turista, aún no sé, estoy decidiendo si empezar por el Caribe, Tortuguero quizás… ¿Un concierto? ¿Malpaís? Sí, mujer, un homenaje, es que murió no hace tanto, sí, el cantante. Compra la entrada ya, ¿no los conoces? Escúchalos, eso también es Costa Rica.

Así que un par de noches después estabas en el Estadio Nacional, acompañada de amigas nuevas y de las emociones que desprendían todas aquellas letras. Después, bailaste en La Chicha hasta muy tarde, entre reggae, risas e imperiales. No hubo descanso para la alegría. Mañana te esperamos en El Lobo Estepario. Te encantará, verás, más música, quizás también poesía, a las ocho mejor, comeremos antes, allí mismo sí, frente al museo, hay platos ricos, déle.

Después el Anochecer, conciertos, más conciertos; un paseo en el centro y un café en el mall; una peli de autor en la Sala Garbo, unas risas en otro bar a la espera del zarpe que nunca llega, gente, historias, la conferencia del amigo, todo se comparte. En este espacio vital se escapan los barrotes, se deshacen para hablarnos cerca; se vive el tiempo en el trajín del día y las posibilidades de la noche, que se abre a la alegría. Te olvidaste de tu viaje y viajaste.

No saliste de Chepe. No pudiste. Llegaste al Poás casi el último día, apurando para llegar al avión. Te recordaste llegando a San José, estudiando dónde ir, qué hacer.

2

“¿Cómo? ¿Es tan tarde ya? ¿Tanto estuve cantando…?”

“En este malpaís que es paraíso”. Sonreíste, feliz.