Bájate en Albania

De Vlorë a Saranda: la costa albanesa en ocho mochilas

por mari n pérez

Atiende a la foto.

Albania

No son las cálidas aguas del Egeo, aunque bien podrían serlo… No fliparás en terrazas ibicencas, aunque te sorprenderás bailando en ellas… Sumarás en leks tus desayunos…

Abraza el calor de agosto y es verano en ALBANIA.

Sal de las rutas turísticas. Da igual que viajes con amigos, que sean muchos, incluso ocho. Da igual que no lleves guía, que aun en internet no encuentres la información que desees sobre tiempos, transportes, qué comer o dónde quedarte. Da igual que no sepas nada del país, que incluso te suene raro su nombre, tan sesgadas las noticias que nos llegan de los sitios, sobre todo, de éste que ha sufrido durante años. Da igual que estés en Italia y que no haya vuelos posibles. Puedes coger un barco en Bari, o en Brindisi. Por ejemplo, a las once. Da igual que llegues tarde al puerto y te saltes las dos horas de antelación que, según algún folleto, necesitabas para comprar el billete. Porque incluso a las nueve y media podrás hacerlo, podrás comprar tu billete, los ocho billetes y embarcar hacia Albania.

La gente nos observa. Se preguntan si estos españoles se habrán equivocado de destino. Si viajaban hacia Capri y un tren les llevó a Brindisi y ahora un barco a Vlorë. Pero no. Estaba previsto. Es lo único previsto del viaje: Albania.

Se abren las puertas. La gente corre hacia el barco. Corremos. Al llegar ya no hay colas. Todos se amontona nen la puerta. Un hombre grita. Las manos agitan pasaportes. Les imitamos. Gritamos. Reímos.

Bienvenidos a Albania

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El barco de las once zarpa a las dos. Da igual en vacaciones. Da igual cuando tu destino es Albania y estás nerviosa porque te asalta la curiosidad de lo que ignoras. Da igual porque cuando, a las seis de la mañana, llegas a Vlorë, ya estás segura de que ese país te encantará.

No esperes avenidas hermosas de palmeras ni bares atestados de turistas. Caminarás p5or sus calles desoladas, caminaremos, los ocho, mochila a cuestas. Nos sentaremos en una terracita y tomaremos café. Nos sonreirán esa mañana y desde entonces sabremos que la amabilidad albanesa no tiene límites. En la colina habrá un hotelito destartalado, que aún conserva el encanto de las vacaciones de la infancia. Tendrá unas vistas impresionantes, en la costa, frente al mar, azul, verde, de colores. Comeremos en la playa, un almuerzo brillante en una terraza de agua salada, llena de cervezas y de sonrisas que seguirán siendo amables. Porque, a pesar de la pobreza de las calles, puede más el color de este país desconocido que, desde la llegada, nos sonríe.

De Vlorë a Dhermi. En carretera.

Bordearemos la costa hasta Saranda. Los ocho. Intentaremos coger una guagua que no llega. Da igual, no hay prisa. Alguien parará y ofrecerá su coche. Después otro, también un señor llamado Squipcia, que nos hablará de su país, de la mal conocida Albania, de ésa que no aparece en los mapas porque nadie se ha molestado en dibujarla. Ya estamos, los ocho. Llegaremos a Jale y a un chiringuito: todo rico, barato y, de postre, un baño de mar.

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Dhermi será un pueblo precioso, de montañas que llegan hasta el agua, mar que sana de un calor que casi ahoga. Disfrutaremos en sus playas y en sus pequeños cafés, recién estrenados de pequeños turistas. Lugar tranquilo y amable, a pesar del descuido que se esconde tras terrazas ibicencas de ensueño; a pesar de sus casas derruidas y del paseo gris que da acceso a una playa de postal.

 

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De Dhermi a Saranda. En carretera.

Esperaremos. Los ocho. Algunos acudirán a la llamada de un flamante mercedes; otros acompañarán a una familia de albaneses; los últimos nos conformaremos con el auto cotidiano de un señor silenciosamente amable. Habrá una cola enorme y, como en la cortazariana Autopista del sur, habrá charlas, cervezas y la necesidad de estirar las piernas en la espera. Hace calor, pero más allá del atasco, observarás el paisaje que te rodea y disfrutarás del momento, disfrutaremos, porque el viaje también es el camino. La cola empezará a moverse. Volveremos a los coches. El viaje sigue. En Himara, de nuevo, una terraza de playa, cerveza fría e historias de Albania. Todo, amabilidad de la casa.

Llegaremos a Saranda. Los ocho. Cada uno con su historia de viaje. Cenaremos en un bar hacia el mar, descubriendo tierra griega a lo lejos.

Donde acaba Albania, ésta empieza a dibujarse.

“El amor pequeño reclama la devolución de fotografías,

a los grandes amores se los lleva el viento en los andenes…” ISMAIL KADARÉ

Faleminderit

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