Si el zoológico abriera sus puertas

por mari n pérez

Algo se mueve. La carretera se mueve. El autobús frena despacio y la escena nos pide silencio. Como una imagen del National Geographic, un águila inmensa comienza a batir sus alas, a cámara lenta, arrastrando la tierra y los insectos despistados a su paso. Como si se llevara la vida, despega del suelo, elegante y primitiva; un águila que observo, boquiabierta, con la nariz pegada a la ventana, aguantando la respiración para no estropear el momento. Un animal imposible alza el vuelo con la majestuosidad de la reina de las aves, poderosa, barre de polvo el aire. Se pierde en el cielo, muy despacio, rodeada del silencio que impone este espectáculo inesperado, de una belleza espeluznante. Aquí, en este lado de la tierra, en el Hemisferio Sur, sin colas ni ticket de entrada.

Parque Nacional de Flinder Chase. Formas surrealistas en REMARKABLE ROCKS.

Menos de una hora separa Adelaide de la isla. El tiempo de tomar una cerveza en Cape Jervis mientras esperas el barco. Así de fácil es verse rodeada de wallabies, canguros, koalas, equidnas o pingüinos, habitantes de una isla de acantilados imponentes y playas hermosas de solitaria arena blanca. El capitán Flinders la bautizó Isla Canguro a principios del siglo XIX, en homenaje a los banquetes que estos animales le proporcionaban (a estos marinos les conquistaba el estómago…); por supuesto, no me acerqué a esas latitudes con ese fin, aunque sí probé otras peculiaridades gastronómicas que ofrece la isla, acompañadas de un vino excelente, pues esta maravilla del Índico ofrece todo lo que uno necesita para no dejarse de sentir sorprendido y agradecido al entorno. Así me saludó Penneshaw, una de las tres “ciudades” de una isla convertida prácticamente toda ella en parque nacional. Me había traído a Ben desde Adelaide, un guía rubio y barbudo que me mostró una familia de leones marinos adormitados bajo el ondulante Arco del Almirante en la Bahía de Seal; me llevó a soñar con otros paisajes cercanos a mi casa en las dunas del Little Sahara; y me sentó, durante lo que me pareció un rato interminable, en la orilla de un lago, en medio del Parque Nacional de Flinders Chase, a la espera de que un extraño animal marino (del que no recuerdo el nombre), asomara por allí su cabecita. En ese intento frustrado, un equidna salió de entre los árboles para desaparecer de nuevo con su cuerpo de púas y su andar coqueto, enraizado a la tierra, absorbiendo insectos que comer. Esa misma tarde, tras la foto de tono surrealista en Remarkable Rocks y mientras olía a cena en la cabaña, me encontré rodeada de eucaliptos y me acerqué para observar de cerca. Los koalas dormían, aferrados al árbol y, como quien ve una estrella fugaz en una noche de luna llena, uno de ellos movió su brazo y giró la cabeza. Con una lentitud de siglos, empezó a masticar una hoja y otra vez mantener la respiración… no vaya a ser que mi sorpresa estropee esta escena inesperada. Come back to Adelaide, guys! Se acabó la visita al parque. Un wallabi se acerca a despedirse. No hay nada más suave que la piel amiga de estos canguros.

Anuncios