Im-perdibles: Tenerife

En tu paseo por Tenerife, no te puedes perder…

  • Mucho más que sol y playa. La figura de un volcán, un paisaje lunático o un escenario de titanes. Despídete de la realidad en Las Cañadas, en su entorno de ensueño, limpio el aire de ciudades. Camina este Parque Nacional, el más antiguo de los parques de Canarias; postal irremediable de la isla, con el Teide al fondo, imponente en su altura. Morada antigua de Guayota, Echeyde mítico, te llevarás sus 3718 metros en la foto de tu viaje.

TENERIFE 017

  • Los Acantilados desde el mar en Los Gigantes, ingentes avenidas de piedras que caminan hacia el cielo. Arrullada por la ola, en piragua o desde un barco, la grandeza del paisaje te ensombrece. No te pierdas el paseo, quizás te regalen estos mares una fiesta de delfines o la compañía serena de una familia de ballenas.
  • La Isla Baja: Garachico. No sepultó el volcán tu pasado glorioso. Como puerto principal de Tenerife se llenaron de azúcar y de vinos tus navíos. La lava alcanzó el mar hace ya tiempo y en su paseo construyó formas de piscinas caprichosas. Un baño es un masaje en la excursión. Si el mar te lo permite, disfruta de sus aguas y, después, un vino de la zona y un pescadito en alguno de los bares de la villa.
  • Una mochila por Anaga, el espacio más virgen de la isla. Soplan los vientos alisios tus montañas, humedeciendo el espacio y ayudando a madurar la laurisilva. Escondes la playa de Benijo, hermosa en su desnudez, salvaje y negra; Almáciga, Roque Bermejo y numerosos caseríos que huelen a leña y a plato de cuchara calentito.

TENERIFE 005

  • Surfea los vientos en El Médano. Es allí donde el mar te ofrece todos sus deportes: juegan las cometas en el cielo de colores, navegan las olas windsurfistas y surferos. Ajenos al otoño o al invierno, si hay olas y murmura el viento, la playa se transforma en arcoíris. Por la tarde, camina hasta Pelada o descubre la montaña más roja de la isla y su playa, La Tejita, sendero que termina en El Pirata, o ahí empieza, recordarás encandilada el atardecer de la montaña.

Este post esboza sólo unas cuantas pinceladas, imposible pintar el cuadro entero, a pesar de vivir aquí, de compartir la isla en excursiones, en paseos nuevos, en vacaciones de fin de semana o de verano. Tenerife está llena de lugares, de esquinas, de recodos, de senderos viajables… ¿cuál es el tuyo?

1, 2, 3… y así hasta 12 uvas de comerse Fuerteventura

fuerte1

Se ve desde el cielo, larga, amarilla, llena de sol y de viento sus costas. Te llega la brisa marina y la calma del paisaje. Cuando aterrizas recuerdas los atascos que no quieres, el frío del que huyes, las prisas de esta época en las calles. Así que te sientes afortunada porque este año a alguien se le ocurrió Fuerteventura y allá vas, a la isla que ya sabes que te encanta, en verano o en diciembre, da igual el momento, porque la luz de Fuerteventura permanece encendida todo el año.

Te comeré en bañador, tirada en los lagos de La Concha en el Cotillo, jugando con la soledad del viento y de la arena, atrapando el calor tibio del invierno.

fuerte

Te sentiré desde el aire, agarrada por primera vez a una cometa de colores o al equilibrio de una tabla que lucha por hundirse. En Sotavento, insistiré en flotar en su laguna, aprenderé con calma los ejercicios necesarios para pasear el mar y sus corrientes.

Te acariciaré en Cofete, también al sur, más allá de Morrojable, por el camino pedregoso que continúa construyendo la isla. Y en la soledad eólica de su orilla, leeré el viento de sus aguas, que agita violento este paisaje, aislado, sin chiringuitos ni sombrillas, tan sólo el ulular de leyendas viejas tras los muros de una villa silenciosa.

Te imaginaré desde la terraza del pueblo, ahora que el mar se levanta y no permite paseos. Te observaré desde el norte, isla pequeña, se dibuja en Corralejo tu silueta. Isla de Lobos, guarda el faro que Antoñito encendiera hace ya tiempo, dando luz al encanto de este islote. Saborearás los versos de Josefina Plá, poeta, ensayista, pintora y tantas cosas…; mientras te recreas en otros sabores de la isla. No olvidarás visitar su imagen, cerca de la playa de las Conchas, escultura homenaje a esta mujer nacida al borde de un faro, entre Lobos.

Te pasearé el interior de tu mapa, en ese viaje en el tiempo que es Betancuria, más verde, más fría, más vieja. Villa antigua, nacida en el siglo XV como un oasis en este desierto.

Te recorreré a pie o en bicicleta, por la carretera de la costa, entre Cotillo y Corralejo, con el mar al lado y sus arenas. Iré despacio, observando el viento, el vaivén de las montañas onduladas que son dunas… Y cuando el cansancio empiece a colarse en el camino, habrá un bar entre la arena, donde estrenar la última cerveza del año.

“… Y, de pronto, el viajero

surgió. Sobre el sendero

sus pies dejaban pálido,

fosforente reguero…”

JOSEFINA PLÁ

¡Feliz año, Feliz viaje!

Regala Sevilla

por mari n pérez

Torre-Giralda

¿Quién te susurró al oído el murmullo de la calle Sierpes? ¿Quién se aventuró a compartirte su vino y las naranjas, el rumor de los caballos, las voces de poetas que anduvieron sus esquinas? La Giralda resultó ser tu vigía. Te llamó cinco veces el almuédano, el repicar de las campanas, la mujer que nació tras sus paredes, arropada por los muros de la torre, por la historia escrita en sus cimientos. Ishbiliya, mora o cristiana, ciudad encantada de azahares.

Caminas sus calles en diciembre. Hace frío, pero el sol suave del invierno se atreve a calentar tus manos. Te dejas llevar por el murmullo del gentío. Antes, habías cruzado silenciosa la Puerta de la Carne, alertada por ese nombre extraño, que te suena a historias de pasado. Ahora observas la catedral de cerca, entras al encuentro del imán muerto hace ya siglos. Su hermosura te resguarda del frío y lo agradeces. El templo sagrado te roba los minutos, tal es su elegancia. Regresas a la calle y todavía te deslumbra su silueta. Aún es temprano…; así sorteas la cola del Alcázar. Ya lo has visitado. De pequeña, hace mucho; también algún verano no hace tanto, cuando el calor que se derrama no lo apagan las cervezas. Así que estás ahí, de nuevo en la medina, ansiosa por repetir las tapas de jamón del Rinconcillo, la vista acariciadora de la Seta o el helado a Rayas de sabores. Vuelves al brillo del Alcázar, a leer en sus paredes, a resguardarte del frío o del calor en el verde de sus patios.

Revoloteas callejuelas blancas. En un barrio laberinto de paseos, pierdes de nuevo el tiempo que tenías. Te atrapa la estrechez de sus entrañas, las casas que guardan los secretos, también una plaza que te acoge o la casa de Cernuda de repente. Atraviesas Santa Cruz en un suspiro, meciendo tu cuerpo al compás de su silueta, recoges el flamenco que suspiran sus esquinas. Te esperan los Jardines de Murillo que abrazan tu llegada, la huerta del retiro, encuentro cálido entre flores.

En el parque… atardece entre palomas. Te llevó tu padre de la mano o fue tu tío. Aquella tarde de verano está en la foto que aparece en tu memoria en ese instante. La infancia vuelve en este viaje, ahora que estás en el Parque María Luisa, observando otras niñas y otros padres, la alegría. Al despertar de este recuerdo, es diciembre y navidad. Olvidaste los regalos, el detalle a la familia. Agotaste el día entre paseos y no compraste la flamenca…

¿Qué llevar? ¿El dorado brillo de la Torre del Oro entre palmeras? ¿Una tarde de río, las cervezas bien fresquitas del recuerdo de un agosto? ¿El ruido inagotable de la gente entre manzanillas en los Mármoles? La primera vez que caminaste Mateos Gago, te adueñaste del sabor de un vino de naranja. La familia te trajo y allí vuelves. Te acompaña la historia andalusí en las palabras pasionales de tu tío, en su andar ligero, en el nervio del reencuentro con los sitios.

Regresas al hotel y empaquetas los regalos. Guardas la ciudad entre camisas, apretujando el brillo de su luz en la maleta. Que no se escapen las voces antiguas de sus versos, el murmullo del agua en los jardines, los ecos de una lengua dibujada en las paredes, la oración que silba el aire, una saeta. Y en la mano, aún el sabor de la Alameda y un gin tonic, el abrazo de la noche y la familia.

noche

Tres cosas impidieron que me visitara

por miedo al espía y temor del irritado envidioso;

la luz de su frente, el tintineo de sus joyas

y el fragante ámbar que envolvía sus vestidos.

Supón que se tapa la frente con su amplia bocamanga,

y se despoja de las joyas, más ¿qué hará con su aroma?

Al Mutamid

Éste es mi regalo: Sevilla.

PLAYA Y POLVORONES

por mari n pérez

cholas

19 de diciembre. 22º. Tenerife. Fun, fun, fun.

Tarareas la melodía al levantarte, mientras tus brazos bostezan el calor de este diciembre. Estás contento. La Navidad se acerca… Pronto será tu día. Juguito de papaya y tostadas de aguacate, aprovechando los productos de la tierra. Además, te has propuesto bajar esa barriga. Ya no luce bien en los anuncios, incomoda al quehacer de tu trabajo, sobre todo en estas fechas, cuando el ritmo crece y el tiempo se te agota.

Te decidiste por el sol y estás feliz. La luz ilumina la terraza, repleta de paquetes, de lazos y colores. Solo por esta vez… un polvorón de mango con canela, te encanta innovar en la cocina. Oyes el mar que baila villancicos. Ya te olvidaste del murmullo del viento en las montañas. Elegiste caminar sobre la arena y volar hasta CANARIAS.

Y aquí estás, desde hace años, ayudado por el ritmo de la tierra, saboreando la navidad encandilado, inventando muñecos en la arena. Fun, fun, fun. Tus dedos se acomodan en las cholas, sientes el cosquilleo de la brisa. Te acercas a la playa en bicicleta, tan cerca estás de sus orillas que no te da tiempo de cansarte. Te has puesto el bañador rojo de las fiestas, de un chillón que grita navidades. Y es que a ti te encantan los colores, la fiesta, la alegría y el baño rico de diciembre, chapoteando entre las olas transparentes, con ese aire infantil que aún conservas.

Ya en la arena, imaginas las montañas a lo lejos, la nieve, la cabaña, no te importa. El sol también te quiere, te abrazan aquí las gentes y los niños. Sólo echas de menos a los renos, pero sabes que se quedaron en su casa, en la libertad de los montes y los campos. Acompañados por amigos, has vuelto cada verano a saludarlos.

Así que sonríes sin dudarlo, la barba engrandece tu sonrisa, muy larga, quizás te la recortes, no agradece el calor tanto revuelo de rizos y algodones. Lo comentarás después con el cartero, que vendrá sobre las doce, con nuevas cartas y postales, tal vez te ayude a recortarla, sólo un poquito, no vaya a ser que te descubran las miradas audaces de los niños.

19 de diciembre. 22º. Tenerife. Fun, fun, fun. Tarareas la melodía observando el vaivén de las palmeras. Qué rico son… Vuelves a casa y al trabajo. Navidad, dulce navidad… Calentita, iluminada… El sol en la terraza, el jugo de papaya y la brisita.

Foto de hoy, 19 de diciembre de 2014. Hora 12:00. Playa de La Tejita. Papa Noel sacó la foto. No había nadie en la platal

Foto de hoy, 19 de diciembre de 2014. Hora 12:00. Playa de La Tejita. Papá Noel sacó la foto. No había nadie en la playa.

Así fue cómo Papá Noel se quedó en Canarias, en cholas, al sol, entre playa y polvores… Fun, fun, fun.

 

La foto del año

10295698_656400247762699_7463357531127847280_n

por mari n pérez

Hoy no hay viento. Es agosto. 2005. Hace calor. Una suave brisa se levanta de la orilla. El mar reposa. Un día de playa de domingo en La Tejita, sin viento, qué rico y aún son las doce. Extiendes tu toalla al lado de esas rocas, cerca de lo que dentro de unos años será casi una playita familiar, vendrá un pirata y un chiringuito que olerá a cruasanes y a ceviche. Pero eso será dentro de unos años.

Hoy estás extendiendo tu toalla junto a las rocas, justo en el momento en que un desconocido acapara tu atención. El hombre corre hacia el centro de la playa mientras habla por el móvil, agita sus manos y señala al mar. Sigues la dirección de su brazo, bailan las olas, no parece haber nada más. De repente, tu amigo grita y lo ves, sí, sí, allí, un barco, no, no es un barco, pero hay gente, mucha, demasiada.

Se tropiezan en la orilla y caen. Van cayendo sobre la arena, ahora uno, después otro, luego otro más…, mañana sabrás que se trataba de 88 africanos, sí, inmigrantes, personas, sí. Pasa el tiempo, cinco minutos tal vez, pero tu cuerpo permanece rígido, fuera de escena. No pestañeas hasta que el amigo te coge de la mano y te grita que corras, anda, vamos, acerquémonos. El kilómetro de playa se hace eterno. Cuando llegas, los ves en la arena, algunos se mueven, otros no. Mañana leerás que todos han sobrevivido, pero ahora no lo sabes, y sientes miedo, perplejidad, desconcierto, terror. Otros turistas se acercan. Alguno se sienta y acaricia una cara o coge una mano que ruega agua. Así hasta 88. Ves a tu amigo que lo imita, entonces despiertas y entras en escena.

En diciembre volverás a recordar, cuando El País recoja tu día de playa convertido en imagen del año, ese día en el que la pobreza fue real, la viste, le diste agua, Occidente acomodada, tú también, en tu día de playa de agosto en el que te gritaron ayuda al oído, mientras tomabas sol en La Tejita. La playa negra de la montaña roja. El recuerdo que permanece cuando paseas sus arenas, aún hoy, acompañada de amigas nuevas, pero viejas ya en el alma; gente que, como tú, se han refugiado a la sombra de la montaña, al sotavento de los males.

Vaya artículo de playa, piensas… No has hablado de la playa. IMG-20140827-WA0004Eso te molesta un poco porque sabes que te encanta su fuerza y la energía que desprende su color, el rugir de las olas en agosto y la calma de septiembre.

Hoy las cometas se deslizan en el cielo. Parecen atrapar la montaña en sus colores, pero gana el rojo de la tierra, la fuerza de la sangre del amor guanche que cuenta la leyenda… Siempre gana. También en el amanecer, cuando el sol empieza a arder tras su silueta, hasta derramarse en sus arenas. La buscas también cuando atardece, en la hora en que se torna casi púrpura, tal es la fuerza de la luz, tanta… que no sabes si proviene del sol o de la tierra.

IMG-20141010-WA0008

Hoy estás sentada en el bar Pirata, porque hasta ahí llegan los destellos.

La foto de la playa ahora ha cambiado. La has visto crecer hasta ahogarse en el desierto de tabaibas que la separa del asfalto. Ha arrojado su fuerza con olas imposibles, el rugir del mar bravío del norte que a veces se desata en el sur. Otras veces es como un bebé adormitado y puedes acariciar la transparencia de sus aguas, alejada de peligros. La foto de la playa debe estar llena de momentos: el paseo de la tarde, las cervezas que te ofrece algún pirata, buen rollito, delfines a lo lejos, el agua que limpia pesadillas, la charla sanadora, la memoria de un recuerdo africano que aún continúa, bailando en las orillas, en esta costa que se abre a danzas antiguas, que también son nuestras, porque por esta playa entraron y todavía suenan melodías.

tejita5

PASEN Y VEAN…

por mari n pérez

Acto I

Un hombre se acerca despacio, con la cabeza gacha. Lleva un café en la mano, el aroma caliente de los buenos días en este Madrid de noviembre. La taza arde, el humo lo envuelve y se extiende hacia mí, tanto que casi puedo olerlo. El hombre de negro se detiene en una esquina de la plaza y, mientras observa el ajetreo del mercado, extrae de una bolsa rota unas flores y una peluca. Sorprende el color de las flores, tan rojas, tan vivas en esta mañana gris. Charlot me mira y esboza una sonrisa. En un gesto reconocible, se lleva la mano a la cabeza y saluda al señor de la boina, que observa detenidamente a los transeúntes: el vaivén de una multitud de ojos inquietos que intentan encontrar la riqueza de los Austrias, el recuerdo de un Madrid dorado, tras los papanoeles que cuelgan de los puestos. DSCN6089

A estas horas la plaza comienza a construirse, a preparar la función de cada día. No hay director posible, cada uno va modelando la mañana, asumiendo el guion que se les ha asignado por defecto.

Y en este escaparate dispar de sinfonías caben todas las vidas: el capitán invisible, el soldado espartano, la pingüina coqueta, piolín y otros animales imposibles…; figurantes que esconden quizás una tristeza, la crudeza de una noche en la calle, la necesidad impuesta de comer, de vivir, en fin. Y ellos, como los otros mendigos ya muertos, buscan la foto que les conceda una moneda, un real, un maravedí, señor, que está la cosa muy mal, ya sabe… la crisis, y estos maleantes que se llevan nuestro dinero y nuestras ilusiones, pícaros de antaño y de hoy. Sálvenos vuestra merced, capitán Alatriste, don Diego, y otorgue a este país el nombre que se merece.

Acto II

Alguien grita bajo el Arco de Cuchilleros. Agustina se vuelve y balbucea algo ininteligible. Ya ha terminado de limpiar su parcela de la plaza. Son las nueve. Bajo un cielo aún gris, empiezan a brillar los puestos navideños. 

Se descubre el tío vivo, llega el furgón del butano y un bombero pregunta el precio de un Bob esponja. A Agustina le toca preparar bocadillos de calamares tras la barra, antes de que turistas hambrientos de desayuno asedien el local. Esa gente que vislumbra la Plaza del Arrabal entre los andamios de las obras, que observa con admiración la estatua ecuestre de un Felipe III convertido en vigilante de Belén, que distingue a Luis Cernuda sentado en Los Galayos; esa gente, personajes también de este espectáculo sin fin.

Acto III

Este es el ruido de la vida que se construye en esta plaza, la Mayor, la que antes fuera escenario de ejecuciones, de autos de fe, de corridas de toros y olé. Hoy es escenario del mundo que inventes, pero siempre guarda esa esencia de portal viviente en el que confluyen las vidas de Madrid, de los que la habitan y de los que la sienten: la crudeza de una obra en la que puedes participar si te atreves. Este centro “typical spanish” en el que late el corazón de La gran familia, lugar en el que perderse como un Chencho más, asombrado por la escena que comienza con el sueño de encontrar una historia nueva y siempre diferente.

Porque es “allí donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo…”; allí, donde empieza y acaba la historia, encrucijada de vidas antiguas y de latidos nuevos. Allí, hay una plaza.