Im-perdibles: Oporto

panorámica

En tu paseo por Oporto, no te puedes perder…

  • Mucho más allá de “donde traza el Duero su curva de ballesta”, el río ofrece un PASEO en BARCO muy barato, muy sencillo, pero muy hermoso, si quieres sentir la historia del río y de sus riberas.

Rabelo en el río

  • Un puente sobre el río. Una panorámica especial desde el puente de hierro de Luis I. Paséalo también por la noche y disfruta de la ciudad encendida.
  • Unos versos de Sofía de Mello en la Librería Lello. Acude pronto y, si es posible, en un día normal, de esos en los que no asedian el lugar hordas de turistas. Sube a la planta superior y recrea tu lectura con un Oporto.
  • No olvides que… si el río es paseable, también lo es la Ribeira. Desde Gaia o desde Oporto, la ciudad merece una foto.

  • A veces, por ejemplo, en Navidad, la música puede sorprenderte en la calle, pero si no es así… ve a la Casa de la Música. Busca algún concierto que te guste (puede ser jazz, blues u otras melodías) y escucha.
  • Leitaria Quinta do Paço. Como los pastelitos de Belem en Lisboa, de cualquier sabor, grande o miniatura, en este lugar turistas y portuenses comparten el gusto por lo dulce. Un relámpago exquisito de nombre francés ÉCLAIR, también es parte de Oporto.
  • Ve a la Estaçao de Sao Bento y coge el próximo tren hacia Guimaraes. En algo menos de una hora y media estarás en esa ciudad coqueta de castillo y calles antiguas. O si prefieres regala sabores a tu paladar en las bodegas de Pinhao. Disfruta de las vistas de este paseo en tren de dos horas y media.
  • Y, por supuesto, siempre dulces, como la misma ciudad, sus VINOS: tintos, rosados o blancos. Ya sea un tawny o un ruby, en una bodega exquisita o en un bar escondido de algún rincón de la ciudad, siempre hay una esquina y una copa en Oporto.

por mari n pérez

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Como el vino, dulce

por mari n pérez

Amália observa la ciudad desde la rua Cais de Gaia. A su lado una cesta llena de botellas de un rojo intenso. Cierra los ojos para saborear la ciudad que siente dulce, como las uvas del Duero, como su vino. Eran ciertas las palabras de doña Antónia, maestra del vino, heredera de la fuerza de los campos que acompañan el devenir del río. Busca en el recuerdo el camino que la guíe, adónde ir en esta ciudad de colinas, descubrir la valentía, la fuerza que distingue una buena cosecha entre tanta uva podrida. La noche de Oporto recorre su cuerpo y la hace temblar de frío. Son las gaviotas que sobrevuelan la ciudad, incluso en la noche, anunciando con sus ruidos una lluvia que esta noche parece no llegar. Son los rabelos que se mecen en las orillas del Duero entre las voces de hombres que descargan con cuidado los toneles. Son los aromas de la ciudad, de sus casas desvencijadas, de los azulejos que cuentan historias, como la ropa que cuelga de un balcón antiguo, recogiendo el aire y el gusto dulce del Oporto que se derrama en los adoquines.

Amália siente frío. Es tarde para pasear junto al río. Ya han vuelto los turistas del último crucero por el Duero, ya han visitado las bodegas que conforman el paisaje de este lado del río, ya han escuchado algún fado, saboreando un ruby o un tawny, acompañado de un poco de queso o de aceitunas.

La noche está encendida. A lo lejos se divisa la figura de una mujer, parece joven. Lleva algo en la mano, una cesta tal vez. Camina con paso ligero por el puente de hierro. Los turistas cogerán el metro en Jardim do Morro, atravesarán el puente Luis I y se bajarán en la Estación de San Bento. Es casi Navidad y la Avenida dos Aliados está llena de luces. Podríamos ir al Café Majestic, comenta alguien, ya sabes, el café literario de Oporto, con ese aire majestuoso como su nombre, escuchar el piano y tomarnos algo dulce quizás, como el vino, dulce… Ayer disfrutamos tanto en la Casa de la Música… De repente ese edificio extraño, que parece bailar casi en el aire, un rico bacalao en su restaurante y la sobremesa en el Mercado Bom Sucesso, todo un éxito de elección, sin duda… Fue una noche dulce, como Oporto y sus éclairs de colores en la Quinta do Paço, en fin, que noche más apetecible y más fría, piensa Amália mientras, ya alejada del río, sigue su camino. Su andar se acerca a la Torre dos Clérigos, pero antes, se detiene a observar estas casas inmensas de altos ventanales. Se asombra ante tanta belleza arquitectónica y acerca su rostro al cristal que esconde, tras el vaho, un sinfín de libros diferentes. Le parece hermosa esa escalera en medio de una casa llena de historias, piensa y sus ojos recorren lentamente cada rincón del edificio. Resuenan las palabras de la señora, su saber, y agradece haber recibido tanta generosidad. Por eso ahora está leyendo lo que dicen alguno de aquellos libros en Lello y, a pesar de que por un momento un escalofrío la agita, sonríe al descubrir que es tan sólo una gaviota y una ciudad oscura, tan sólo.    Cuando llega a la Plaça da Cordoaria, la oscuridad es más intensa. Acaba de pasar el último tranvía. No hay luna. Entonces siente un aroma dulce, como el vino y, al girarse, vislumbra la silueta, un sombrero, el abrigo que cubre su cuerpo, su andar cansado. Ella sonríe mientras extrae de la cesta una botella y el aroma dulce ahora es más intenso, más dulce, más oporto, el mismo que tomamos ayer en la cena, recuerda uno de los turistas, el mismo gusto, profundo, comenta otro en su andar a lo largo de Santa Catarina. Pero no lo espera, la silueta se diluye entre la bruma. En el último momento Amália cambia de opinión, recuerda los valles, las laderas, todo lo que hay por hacer, todo lo que ella puede hacer, las posibilidades, las palabras sensatas de doña Antónia, la ‘Ferreirinha’; por eso, no lo duda y retoma su camino mientras la figura se desvanece en la lejanía.

Me encanta Oporto, comentó un turista. Es que… es como el vino, dulce.