Náufrago

Latitud 36º 12´N

Longitud 006º 14´W

Rumbo verdadero para pasar a 5 millas del Faro Malabata,

Viento sur,

Abatimiento 10º.

Ejercicio para carta de navegación

Náufrago

Como en un barco,

controlando vientos, corrientes y mareas.

Como un navegante va,

sin salvavidas,

capitán del mar de sus anhelos.

Ignora que el rumbo se pierde en una ola,

que los imanes deshacen el norte de la brújula.

La bitácora también habla jeroglíficos.

Como aquel día que aun sin niebla no veía

y el GPS estalló de tanta duda.

Llorando los mapas y las cartas,

se sentó en la cubierta,

a la deriva.

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¿Adónde vas?

2014-12-21 13.26.34

Perdido el tranvía de tanto pensar,

la tarde, una mañana de sol,

las respuestas.

Un billete de vida en la mano,

perplejo de posibilidades:

la duda.

Adónde ir ahora con esta lluvia,

con el viento levantando tu falda,

si el sol aparece de repente,

insistente en su luz:

la incertidumbre.

Ahora sí eres una isla.

El agua anega lo que quieres,

lo que no sabes si quieres,

un deseo violento,

sentarte tras la ventana para llegar

y detenerte en una estación sin nombre,

bajar despacio, tal vez sonriendo.

Perdido el instante…

Observas, te observas,

tus dedos nerviosos jugando el aire.

Cuando encuentras las palabras justas,

el tono necesario para alzar la voz,

el tranvía se detiene de nuevo,

frente a ti,

y ese billete de ida y vuelta que no gastaste

se resbala entre tus dedos,

inmoviliza tus pies y tu deseo.

Sigues ahí,

con el corazón desordenado como tu falda

mientras otros entran y salen…

Una voz hiriente,

quizás tu voz,

se alza descarada y pregunta:

¿adónde vas?

trazos

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Cuando vayas de viaje,

llévate el abrigo rojo.

Recuerda que refresca por las noches

y en el frío,

las calles

se convierten en laberintos de nostalgia.

No olvides guardar las amistades,

el móvil a veces pierde cobertura

y la distancia encarece el amor

y los encuentros.

Cuando vayas de viaje,

lleva siempre una batería de repuesto

porque la soledad ahonda el desconcierto

y vacía el paso valiente y la alegría.

No dejes atrás las fotografías familiares,

los gritos de los niños,

el llanto de la tarde de otoño en la ventana.

Las noches son largas y el insomnio apremia.

Cuando vayas de viaje,

llévate el abrigo rojo,

el calor de una vida hecha.

Recuerda que no hay laberinto sin salida.

Que un hilo rojo y amigo,

asoma sigiloso del bolsillo.

Como el abrigo bordado de la infancia,

como la madre que recuerda los peligros.

por: mari n pérez

De trenes y literatura

por: mari n pérez

Para una chica de isla como ella, viajar en tren seguía teniendo matices casi románticos y poseía tanto de literatura como cualquier atardecer de cuentos. Por supuesto, culpables de esta sensación, que a veces la desbordaba por dentro, eran el cine y los libros, contadores de historias en las que el tren adquiría un protagonismo real, único y siempre deslumbrante. Desde el siglo XIX muchos han sido los escritores y los directores de cine que se han ocupado de ello.

Aun así y aunque parezca extraño, esa chica de isla sólo había visto el tren en las películas, casi siempre unido a un adiós trágico de vapor de cuentos o a un reencuentro de amantes, de esos de beso atolondrado y final inevitablemente feliz; o incluso, a Extraños en un tren en el que se producen asesinatos condimentados por la oscuridad fantasmal y estrecha del camino; o al nacimiento imperioso de algo nuevo, el progreso… decían… Esa chica de isla, que podría incluso llamarse Ana y haberse arrojado a las vías cual heroína literaria, sentía que el tren era el espacio de la posibilidad, la cercanía del otro desconocido, a pesar de que era consciente de que el siglo XXI había apagado las probabilidades de conversación.

La primera vez que se subió a un tren tenía 15 años y era invierno. Fue en Italia. El trayecto iba a ser muy corto. Su familia quería visitar un pequeño pueblo a las afueras de Roma, así que ese día madrugaron y a las siete menos cinco de la mañana, la mano de la chica rozaba el cristal frío de un viejo tren de cercanías.

Después de ese, vinieron muchos otros: trenes serios de gran ciudad, trenes que se escapaban, trenes atestados de gente y de gallinas, trenes que llegaban al lugar equivocado, trenes ruidosos de verano de playa y de tardes de reencuentros solitarios. Sin embargo, siempre recordaría el viejo tren de invierno de los quince años, envuelto en una nube de posibilidades.

Por eso, cada vez que volvía al tren, olvidaba su libro en la maleta, suspiraba nerviosa en su asiento de ventana, muerto el móvil y las prisas, esperaba hasta que apareciese la historia, para así leer sin descanso, con los ojos cerrados, observando el paisaje en el recuerdo, reconociendo las palabras de Neruda, en ese lugar donde se respira “un sueño sin perfumes, sin nieves, sin raíces”.