5 Viajes en tiempos de crisis

por mari n pérez

Ideas, sugerencias, recetas de viajes…

Buenas, Bonitas, Baratas…

chus

  1. Lo deseas desde hace mucho tiempo… pero no te decides… Atrévete a viajar al destino que querías. El día es hoy. ABRE EL LIBRO que espera en el estante olvidado a tu deseo. Usa el billete de ida y vuelta y empieza la lectura. No cargues con maletas. En tu viaje, deshazte de la compra y las tareas. Desconecta, por favor, los aparatos.
  2. METE LA INDIA EN TU NEVERA. Trocea el mango en cuadraditos, en la prisa del gentío de Calcuta. Añade leche vegetal, sólo un chorrito, el rumor del Índico y sus playas, el azúcar, un puñadito, la foto del Taj Mahal y mucho más. Escoge cardamomo y espolvorea sus semillas con cuidado. Bátelo todo, mezcla bien los sabores y los sitios, muy frío, sírvelo en la copa de cristal de los domingos. Bebe despacio, el viaje es largo y, aunque en tu cocina es otoño, llueve el monzón naranja del verano.
  3. DÍ QUE SÍ A LAS AMISTADES. Prueba el vino, la cerveza, la confesión inesperada, el llanto de la amiga, la risa y unas tapas. Acepta la propuesta de la cena, disfruta de ese tiempo compartido, de la posibilidad que da el mañana en compañía y participa de sus viajes cotidianos.
  4. RECORRE LOS BALCANES EN UN BAILE. Invita a Goran Bregovic al salón, rueda el sillón y la mesita, que haya lugar para las maletas y la música. Que vuelen las notas y vengan los vecinos a tu viaje, quizás acabes visitando el fado en Portugal, en el vaivén liviano de la voz de Amália o, tal vez, el viento te regale algo más allá y llegarás de noche a Nueva York, a un bar de jazz, la costa este para ti y la emoción de un blues de carretera.
  5. Singing in the rain o un viaje a África. La niebla de un aeropuerto de Marruecos o un rico desayuno con diamantes. El deseo de un viaje en un tranvía o el naufragio del amor en el Titanic. Padrinos, reyes, hobbits o piratas… incluso, una odisea en el espacio, el vértigo con las luces apagadas y la espera ansiosa. El acomodador pide silencio y te sientas. DISFRUTA LA PELÍCULA.
Anuncios

Bájate en Albania

De Vlorë a Saranda: la costa albanesa en ocho mochilas

por mari n pérez

Atiende a la foto.

Albania

No son las cálidas aguas del Egeo, aunque bien podrían serlo… No fliparás en terrazas ibicencas, aunque te sorprenderás bailando en ellas… Sumarás en leks tus desayunos…

Abraza el calor de agosto y es verano en ALBANIA.

Sal de las rutas turísticas. Da igual que viajes con amigos, que sean muchos, incluso ocho. Da igual que no lleves guía, que aun en internet no encuentres la información que desees sobre tiempos, transportes, qué comer o dónde quedarte. Da igual que no sepas nada del país, que incluso te suene raro su nombre, tan sesgadas las noticias que nos llegan de los sitios, sobre todo, de éste que ha sufrido durante años. Da igual que estés en Italia y que no haya vuelos posibles. Puedes coger un barco en Bari, o en Brindisi. Por ejemplo, a las once. Da igual que llegues tarde al puerto y te saltes las dos horas de antelación que, según algún folleto, necesitabas para comprar el billete. Porque incluso a las nueve y media podrás hacerlo, podrás comprar tu billete, los ocho billetes y embarcar hacia Albania.

La gente nos observa. Se preguntan si estos españoles se habrán equivocado de destino. Si viajaban hacia Capri y un tren les llevó a Brindisi y ahora un barco a Vlorë. Pero no. Estaba previsto. Es lo único previsto del viaje: Albania.

Se abren las puertas. La gente corre hacia el barco. Corremos. Al llegar ya no hay colas. Todos se amontona nen la puerta. Un hombre grita. Las manos agitan pasaportes. Les imitamos. Gritamos. Reímos.

Bienvenidos a Albania

2JPG

El barco de las once zarpa a las dos. Da igual en vacaciones. Da igual cuando tu destino es Albania y estás nerviosa porque te asalta la curiosidad de lo que ignoras. Da igual porque cuando, a las seis de la mañana, llegas a Vlorë, ya estás segura de que ese país te encantará.

No esperes avenidas hermosas de palmeras ni bares atestados de turistas. Caminarás p5or sus calles desoladas, caminaremos, los ocho, mochila a cuestas. Nos sentaremos en una terracita y tomaremos café. Nos sonreirán esa mañana y desde entonces sabremos que la amabilidad albanesa no tiene límites. En la colina habrá un hotelito destartalado, que aún conserva el encanto de las vacaciones de la infancia. Tendrá unas vistas impresionantes, en la costa, frente al mar, azul, verde, de colores. Comeremos en la playa, un almuerzo brillante en una terraza de agua salada, llena de cervezas y de sonrisas que seguirán siendo amables. Porque, a pesar de la pobreza de las calles, puede más el color de este país desconocido que, desde la llegada, nos sonríe.

De Vlorë a Dhermi. En carretera.

Bordearemos la costa hasta Saranda. Los ocho. Intentaremos coger una guagua que no llega. Da igual, no hay prisa. Alguien parará y ofrecerá su coche. Después otro, también un señor llamado Squipcia, que nos hablará de su país, de la mal conocida Albania, de ésa que no aparece en los mapas porque nadie se ha molestado en dibujarla. Ya estamos, los ocho. Llegaremos a Jale y a un chiringuito: todo rico, barato y, de postre, un baño de mar.

3

Dhermi será un pueblo precioso, de montañas que llegan hasta el agua, mar que sana de un calor que casi ahoga. Disfrutaremos en sus playas y en sus pequeños cafés, recién estrenados de pequeños turistas. Lugar tranquilo y amable, a pesar del descuido que se esconde tras terrazas ibicencas de ensueño; a pesar de sus casas derruidas y del paseo gris que da acceso a una playa de postal.

 

4

De Dhermi a Saranda. En carretera.

Esperaremos. Los ocho. Algunos acudirán a la llamada de un flamante mercedes; otros acompañarán a una familia de albaneses; los últimos nos conformaremos con el auto cotidiano de un señor silenciosamente amable. Habrá una cola enorme y, como en la cortazariana Autopista del sur, habrá charlas, cervezas y la necesidad de estirar las piernas en la espera. Hace calor, pero más allá del atasco, observarás el paisaje que te rodea y disfrutarás del momento, disfrutaremos, porque el viaje también es el camino. La cola empezará a moverse. Volveremos a los coches. El viaje sigue. En Himara, de nuevo, una terraza de playa, cerveza fría e historias de Albania. Todo, amabilidad de la casa.

Llegaremos a Saranda. Los ocho. Cada uno con su historia de viaje. Cenaremos en un bar hacia el mar, descubriendo tierra griega a lo lejos.

Donde acaba Albania, ésta empieza a dibujarse.

“El amor pequeño reclama la devolución de fotografías,

a los grandes amores se los lleva el viento en los andenes…” ISMAIL KADARÉ

Faleminderit

6

La foto del año

10295698_656400247762699_7463357531127847280_n

por mari n pérez

Hoy no hay viento. Es agosto. 2005. Hace calor. Una suave brisa se levanta de la orilla. El mar reposa. Un día de playa de domingo en La Tejita, sin viento, qué rico y aún son las doce. Extiendes tu toalla al lado de esas rocas, cerca de lo que dentro de unos años será casi una playita familiar, vendrá un pirata y un chiringuito que olerá a cruasanes y a ceviche. Pero eso será dentro de unos años.

Hoy estás extendiendo tu toalla junto a las rocas, justo en el momento en que un desconocido acapara tu atención. El hombre corre hacia el centro de la playa mientras habla por el móvil, agita sus manos y señala al mar. Sigues la dirección de su brazo, bailan las olas, no parece haber nada más. De repente, tu amigo grita y lo ves, sí, sí, allí, un barco, no, no es un barco, pero hay gente, mucha, demasiada.

Se tropiezan en la orilla y caen. Van cayendo sobre la arena, ahora uno, después otro, luego otro más…, mañana sabrás que se trataba de 88 africanos, sí, inmigrantes, personas, sí. Pasa el tiempo, cinco minutos tal vez, pero tu cuerpo permanece rígido, fuera de escena. No pestañeas hasta que el amigo te coge de la mano y te grita que corras, anda, vamos, acerquémonos. El kilómetro de playa se hace eterno. Cuando llegas, los ves en la arena, algunos se mueven, otros no. Mañana leerás que todos han sobrevivido, pero ahora no lo sabes, y sientes miedo, perplejidad, desconcierto, terror. Otros turistas se acercan. Alguno se sienta y acaricia una cara o coge una mano que ruega agua. Así hasta 88. Ves a tu amigo que lo imita, entonces despiertas y entras en escena.

En diciembre volverás a recordar, cuando El País recoja tu día de playa convertido en imagen del año, ese día en el que la pobreza fue real, la viste, le diste agua, Occidente acomodada, tú también, en tu día de playa de agosto en el que te gritaron ayuda al oído, mientras tomabas sol en La Tejita. La playa negra de la montaña roja. El recuerdo que permanece cuando paseas sus arenas, aún hoy, acompañada de amigas nuevas, pero viejas ya en el alma; gente que, como tú, se han refugiado a la sombra de la montaña, al sotavento de los males.

Vaya artículo de playa, piensas… No has hablado de la playa. IMG-20140827-WA0004Eso te molesta un poco porque sabes que te encanta su fuerza y la energía que desprende su color, el rugir de las olas en agosto y la calma de septiembre.

Hoy las cometas se deslizan en el cielo. Parecen atrapar la montaña en sus colores, pero gana el rojo de la tierra, la fuerza de la sangre del amor guanche que cuenta la leyenda… Siempre gana. También en el amanecer, cuando el sol empieza a arder tras su silueta, hasta derramarse en sus arenas. La buscas también cuando atardece, en la hora en que se torna casi púrpura, tal es la fuerza de la luz, tanta… que no sabes si proviene del sol o de la tierra.

IMG-20141010-WA0008

Hoy estás sentada en el bar Pirata, porque hasta ahí llegan los destellos.

La foto de la playa ahora ha cambiado. La has visto crecer hasta ahogarse en el desierto de tabaibas que la separa del asfalto. Ha arrojado su fuerza con olas imposibles, el rugir del mar bravío del norte que a veces se desata en el sur. Otras veces es como un bebé adormitado y puedes acariciar la transparencia de sus aguas, alejada de peligros. La foto de la playa debe estar llena de momentos: el paseo de la tarde, las cervezas que te ofrece algún pirata, buen rollito, delfines a lo lejos, el agua que limpia pesadillas, la charla sanadora, la memoria de un recuerdo africano que aún continúa, bailando en las orillas, en esta costa que se abre a danzas antiguas, que también son nuestras, porque por esta playa entraron y todavía suenan melodías.

tejita5

trazos

IMG_0010

Cuando vayas de viaje,

llévate el abrigo rojo.

Recuerda que refresca por las noches

y en el frío,

las calles

se convierten en laberintos de nostalgia.

No olvides guardar las amistades,

el móvil a veces pierde cobertura

y la distancia encarece el amor

y los encuentros.

Cuando vayas de viaje,

lleva siempre una batería de repuesto

porque la soledad ahonda el desconcierto

y vacía el paso valiente y la alegría.

No dejes atrás las fotografías familiares,

los gritos de los niños,

el llanto de la tarde de otoño en la ventana.

Las noches son largas y el insomnio apremia.

Cuando vayas de viaje,

llévate el abrigo rojo,

el calor de una vida hecha.

Recuerda que no hay laberinto sin salida.

Que un hilo rojo y amigo,

asoma sigiloso del bolsillo.

Como el abrigo bordado de la infancia,

como la madre que recuerda los peligros.

por: mari n pérez

Tuanis mae…

por mari n pérez

“En este malpaís que es paraíso,

donde se enciende el mar como una hoguera”

1

Todo el que llega a Costa Rica sale huyendo de San José, una ciudad afeada por barrotes y vallas electrificadas, llena de miedo y de puertas cerradas.

Sin embargo, detrás de esa estética extraña y gris, San José es “tuanis”.

Llegas al aeropuerto tras un viaje largo desde Europa. A lo mejor algún amigo te está esperando, casi seguro cogerás un taxi que te lleve al centro. No tendrás problema, hay tantos alojamientos donde elegir…, Costa Rica es “el destino turístico de Centroamérica”. Decides que será mejor algo sencillo, así habrá más gente como tú. Te hablarán de las maravillas de este país sin ejército, de sus orillas, sus volcanes, de su interior selvático de colores brillantes y animales imposibles. Todo ello lo sabes y lo esperas. Ya te lo han contado, lo han visitado tus amistades y todos te han transmitido emocionados, ese arco iris de sorpresas que es Costa Rica. Pero tú sigues ahí, en la entrada del paraíso. Y te preguntas qué hacer. Adónde ir. Empiezas a informarte sobre horarios y destinos, intentando cuadrar en tu agenda los lugares y los tiempos. Te entra un hambre voraz y sales a la calle. Quieres probar el gallopinto, así que empiezas el viaje con un trozo de Tiquicia en tu plato. En el bar, justo al lado, unas chicas hablan de sobremesa, te miran, sonríen, sí, española, ¿ah sí?, yo también, aunque ya casi tica, más de diez años aquí, claro, no, no, turista, aún no sé, estoy decidiendo si empezar por el Caribe, Tortuguero quizás… ¿Un concierto? ¿Malpaís? Sí, mujer, un homenaje, es que murió no hace tanto, sí, el cantante. Compra la entrada ya, ¿no los conoces? Escúchalos, eso también es Costa Rica.

Así que un par de noches después estabas en el Estadio Nacional, acompañada de amigas nuevas y de las emociones que desprendían todas aquellas letras. Después, bailaste en La Chicha hasta muy tarde, entre reggae, risas e imperiales. No hubo descanso para la alegría. Mañana te esperamos en El Lobo Estepario. Te encantará, verás, más música, quizás también poesía, a las ocho mejor, comeremos antes, allí mismo sí, frente al museo, hay platos ricos, déle.

Después el Anochecer, conciertos, más conciertos; un paseo en el centro y un café en el mall; una peli de autor en la Sala Garbo, unas risas en otro bar a la espera del zarpe que nunca llega, gente, historias, la conferencia del amigo, todo se comparte. En este espacio vital se escapan los barrotes, se deshacen para hablarnos cerca; se vive el tiempo en el trajín del día y las posibilidades de la noche, que se abre a la alegría. Te olvidaste de tu viaje y viajaste.

No saliste de Chepe. No pudiste. Llegaste al Poás casi el último día, apurando para llegar al avión. Te recordaste llegando a San José, estudiando dónde ir, qué hacer.

2

“¿Cómo? ¿Es tan tarde ya? ¿Tanto estuve cantando…?”

“En este malpaís que es paraíso”. Sonreíste, feliz.

PASEN Y VEAN…

por mari n pérez

Acto I

Un hombre se acerca despacio, con la cabeza gacha. Lleva un café en la mano, el aroma caliente de los buenos días en este Madrid de noviembre. La taza arde, el humo lo envuelve y se extiende hacia mí, tanto que casi puedo olerlo. El hombre de negro se detiene en una esquina de la plaza y, mientras observa el ajetreo del mercado, extrae de una bolsa rota unas flores y una peluca. Sorprende el color de las flores, tan rojas, tan vivas en esta mañana gris. Charlot me mira y esboza una sonrisa. En un gesto reconocible, se lleva la mano a la cabeza y saluda al señor de la boina, que observa detenidamente a los transeúntes: el vaivén de una multitud de ojos inquietos que intentan encontrar la riqueza de los Austrias, el recuerdo de un Madrid dorado, tras los papanoeles que cuelgan de los puestos. DSCN6089

A estas horas la plaza comienza a construirse, a preparar la función de cada día. No hay director posible, cada uno va modelando la mañana, asumiendo el guion que se les ha asignado por defecto.

Y en este escaparate dispar de sinfonías caben todas las vidas: el capitán invisible, el soldado espartano, la pingüina coqueta, piolín y otros animales imposibles…; figurantes que esconden quizás una tristeza, la crudeza de una noche en la calle, la necesidad impuesta de comer, de vivir, en fin. Y ellos, como los otros mendigos ya muertos, buscan la foto que les conceda una moneda, un real, un maravedí, señor, que está la cosa muy mal, ya sabe… la crisis, y estos maleantes que se llevan nuestro dinero y nuestras ilusiones, pícaros de antaño y de hoy. Sálvenos vuestra merced, capitán Alatriste, don Diego, y otorgue a este país el nombre que se merece.

Acto II

Alguien grita bajo el Arco de Cuchilleros. Agustina se vuelve y balbucea algo ininteligible. Ya ha terminado de limpiar su parcela de la plaza. Son las nueve. Bajo un cielo aún gris, empiezan a brillar los puestos navideños. 

Se descubre el tío vivo, llega el furgón del butano y un bombero pregunta el precio de un Bob esponja. A Agustina le toca preparar bocadillos de calamares tras la barra, antes de que turistas hambrientos de desayuno asedien el local. Esa gente que vislumbra la Plaza del Arrabal entre los andamios de las obras, que observa con admiración la estatua ecuestre de un Felipe III convertido en vigilante de Belén, que distingue a Luis Cernuda sentado en Los Galayos; esa gente, personajes también de este espectáculo sin fin.

Acto III

Este es el ruido de la vida que se construye en esta plaza, la Mayor, la que antes fuera escenario de ejecuciones, de autos de fe, de corridas de toros y olé. Hoy es escenario del mundo que inventes, pero siempre guarda esa esencia de portal viviente en el que confluyen las vidas de Madrid, de los que la habitan y de los que la sienten: la crudeza de una obra en la que puedes participar si te atreves. Este centro “typical spanish” en el que late el corazón de La gran familia, lugar en el que perderse como un Chencho más, asombrado por la escena que comienza con el sueño de encontrar una historia nueva y siempre diferente.

Porque es “allí donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo…”; allí, donde empieza y acaba la historia, encrucijada de vidas antiguas y de latidos nuevos. Allí, hay una plaza.

Im-perdibles: Oporto

panorámica

En tu paseo por Oporto, no te puedes perder…

  • Mucho más allá de “donde traza el Duero su curva de ballesta”, el río ofrece un PASEO en BARCO muy barato, muy sencillo, pero muy hermoso, si quieres sentir la historia del río y de sus riberas.

Rabelo en el río

  • Un puente sobre el río. Una panorámica especial desde el puente de hierro de Luis I. Paséalo también por la noche y disfruta de la ciudad encendida.
  • Unos versos de Sofía de Mello en la Librería Lello. Acude pronto y, si es posible, en un día normal, de esos en los que no asedian el lugar hordas de turistas. Sube a la planta superior y recrea tu lectura con un Oporto.
  • No olvides que… si el río es paseable, también lo es la Ribeira. Desde Gaia o desde Oporto, la ciudad merece una foto.

  • A veces, por ejemplo, en Navidad, la música puede sorprenderte en la calle, pero si no es así… ve a la Casa de la Música. Busca algún concierto que te guste (puede ser jazz, blues u otras melodías) y escucha.
  • Leitaria Quinta do Paço. Como los pastelitos de Belem en Lisboa, de cualquier sabor, grande o miniatura, en este lugar turistas y portuenses comparten el gusto por lo dulce. Un relámpago exquisito de nombre francés ÉCLAIR, también es parte de Oporto.
  • Ve a la Estaçao de Sao Bento y coge el próximo tren hacia Guimaraes. En algo menos de una hora y media estarás en esa ciudad coqueta de castillo y calles antiguas. O si prefieres regala sabores a tu paladar en las bodegas de Pinhao. Disfruta de las vistas de este paseo en tren de dos horas y media.
  • Y, por supuesto, siempre dulces, como la misma ciudad, sus VINOS: tintos, rosados o blancos. Ya sea un tawny o un ruby, en una bodega exquisita o en un bar escondido de algún rincón de la ciudad, siempre hay una esquina y una copa en Oporto.

por mari n pérez

Como el vino, dulce

por mari n pérez

Amália observa la ciudad desde la rua Cais de Gaia. A su lado una cesta llena de botellas de un rojo intenso. Cierra los ojos para saborear la ciudad que siente dulce, como las uvas del Duero, como su vino. Eran ciertas las palabras de doña Antónia, maestra del vino, heredera de la fuerza de los campos que acompañan el devenir del río. Busca en el recuerdo el camino que la guíe, adónde ir en esta ciudad de colinas, descubrir la valentía, la fuerza que distingue una buena cosecha entre tanta uva podrida. La noche de Oporto recorre su cuerpo y la hace temblar de frío. Son las gaviotas que sobrevuelan la ciudad, incluso en la noche, anunciando con sus ruidos una lluvia que esta noche parece no llegar. Son los rabelos que se mecen en las orillas del Duero entre las voces de hombres que descargan con cuidado los toneles. Son los aromas de la ciudad, de sus casas desvencijadas, de los azulejos que cuentan historias, como la ropa que cuelga de un balcón antiguo, recogiendo el aire y el gusto dulce del Oporto que se derrama en los adoquines.

Amália siente frío. Es tarde para pasear junto al río. Ya han vuelto los turistas del último crucero por el Duero, ya han visitado las bodegas que conforman el paisaje de este lado del río, ya han escuchado algún fado, saboreando un ruby o un tawny, acompañado de un poco de queso o de aceitunas.

La noche está encendida. A lo lejos se divisa la figura de una mujer, parece joven. Lleva algo en la mano, una cesta tal vez. Camina con paso ligero por el puente de hierro. Los turistas cogerán el metro en Jardim do Morro, atravesarán el puente Luis I y se bajarán en la Estación de San Bento. Es casi Navidad y la Avenida dos Aliados está llena de luces. Podríamos ir al Café Majestic, comenta alguien, ya sabes, el café literario de Oporto, con ese aire majestuoso como su nombre, escuchar el piano y tomarnos algo dulce quizás, como el vino, dulce… Ayer disfrutamos tanto en la Casa de la Música… De repente ese edificio extraño, que parece bailar casi en el aire, un rico bacalao en su restaurante y la sobremesa en el Mercado Bom Sucesso, todo un éxito de elección, sin duda… Fue una noche dulce, como Oporto y sus éclairs de colores en la Quinta do Paço, en fin, que noche más apetecible y más fría, piensa Amália mientras, ya alejada del río, sigue su camino. Su andar se acerca a la Torre dos Clérigos, pero antes, se detiene a observar estas casas inmensas de altos ventanales. Se asombra ante tanta belleza arquitectónica y acerca su rostro al cristal que esconde, tras el vaho, un sinfín de libros diferentes. Le parece hermosa esa escalera en medio de una casa llena de historias, piensa y sus ojos recorren lentamente cada rincón del edificio. Resuenan las palabras de la señora, su saber, y agradece haber recibido tanta generosidad. Por eso ahora está leyendo lo que dicen alguno de aquellos libros en Lello y, a pesar de que por un momento un escalofrío la agita, sonríe al descubrir que es tan sólo una gaviota y una ciudad oscura, tan sólo.    Cuando llega a la Plaça da Cordoaria, la oscuridad es más intensa. Acaba de pasar el último tranvía. No hay luna. Entonces siente un aroma dulce, como el vino y, al girarse, vislumbra la silueta, un sombrero, el abrigo que cubre su cuerpo, su andar cansado. Ella sonríe mientras extrae de la cesta una botella y el aroma dulce ahora es más intenso, más dulce, más oporto, el mismo que tomamos ayer en la cena, recuerda uno de los turistas, el mismo gusto, profundo, comenta otro en su andar a lo largo de Santa Catarina. Pero no lo espera, la silueta se diluye entre la bruma. En el último momento Amália cambia de opinión, recuerda los valles, las laderas, todo lo que hay por hacer, todo lo que ella puede hacer, las posibilidades, las palabras sensatas de doña Antónia, la ‘Ferreirinha’; por eso, no lo duda y retoma su camino mientras la figura se desvanece en la lejanía.

Me encanta Oporto, comentó un turista. Es que… es como el vino, dulce.

La isla encantada de Turquía

playa

por mari n pérez

Cuando pienso en Turquía, pienso en Bozcaada. Por supuesto, Santa Sofía y el desconcierto fotográfico de los turistas, la Turquía libre manifestándose ante la prohibición de risas islamistas en la famosa Istilkal Çadesi, la miel de los baklavas y los aromas de colores del Gran Bazar, y un largo etcétera de sabores y lugares exóticos; sin embargo, mucho más allá de estas delicias históricas del Estambul de las guías, Bozcaada sigue siendo mi primera fotografía de Turquía.

finalEl ferry tardó menos de una hora en llegar a la isla. Dejamos atrás la urbanita Çanakkale para acercarnos a la sorpresa de Bozcaada. Esta isla pequeña, cuya única aldea te recibe en su puerto para ofrecerte la armonía de sus casas blancas y de sus callejuelas adornadas de olores ricos de verano. Desayunamos en un bar azul y blanco, respirando el calor de julio en medio de una calle pequeña, techada de uvas que refrescaban el sol y recordaban el pasado griego de la isla. No fue ésa la única vez que nos sentamos en el bar Batti BalikRegresamos allí varias veces en busca de colores mediterráneos y de los sabores de los vinos jóvenes que recorren gran parte de los 36 km2 de la isla. Porque en Bozcaada puedes comer como los dioses.

2Por las noches, desde la plaza, la fortaleza veneciana a lo lejos. Entonces, decidíamos que debía ser una copa globo, grande; transparentada de un vino tinto de color profundo, de aroma tranquilo, pero de un sabor cruel que recordaba el pasado turbulento de la isla. Sentados en el bar Polenta, con el hocico asomando a la plaza del pueblo y a los viejitos jugadores de backgammon, oíamos las risas turcas y los murmullos griegos de esta isla de pasado atormentado, oficialmente turca ya desde 1923, pero cuya realidad se columpia entre unos y otros, como su nombre: Bozcaada turca, Tenedos griega.

1En este julio, los turistas exceden a los habitantes y se mezclan con ellos, también nosotros. En un atolondrado paseo nocturno por sus calles, siempre pequeñas, acabamos en medio de un sirtaki, musicado por una orquesta familiar improvisada en los escalones de una casa. Todo eso podía ser la noche. Durante el día, disfrutar sus playas: la soledad salvaje de Aquarium o la comodidad del turista en la solicitada Ayazma.

Por un momento se confunden los lugares, pero es igual. Impregna el aire el mediterráneo. A eso huele la isla, a la luz y a la vida del Egeo, aunque se aleje en el mapa de los destinos típicos que ofrece el mar en esta parte del mundo.

Por eso Bozcaada no es típica. No te sorprendas si encuentras a un Gengis Khan de ojos azules, que ahora decidió ser futbolista y se pasea en su moto por la isla. O a un francés que viene a probar el vino para intentar comercializarlo más allá de estas orillas y cuyos racimos llegan hasta la puerta de nuestro hostal, en las manos de su dueña (de nombre impronunciable) quien, además, te ofrece su amabilidad anciana y hogareña. O quizás nos veas de nuevo, sentados en el Batik Balik, apurando el último desayuno, entre aceitunas, mermeladas caseras y dulces de pistacho, masticando a trozos la felicidad, antes de que se la lleve el barco y volvamos al continente, dirección Çanakkale-Estambul-España.

final2

Si el zoológico abriera sus puertas

por mari n pérez

Algo se mueve. La carretera se mueve. El autobús frena despacio y la escena nos pide silencio. Como una imagen del National Geographic, un águila inmensa comienza a batir sus alas, a cámara lenta, arrastrando la tierra y los insectos despistados a su paso. Como si se llevara la vida, despega del suelo, elegante y primitiva; un águila que observo, boquiabierta, con la nariz pegada a la ventana, aguantando la respiración para no estropear el momento. Un animal imposible alza el vuelo con la majestuosidad de la reina de las aves, poderosa, barre de polvo el aire. Se pierde en el cielo, muy despacio, rodeada del silencio que impone este espectáculo inesperado, de una belleza espeluznante. Aquí, en este lado de la tierra, en el Hemisferio Sur, sin colas ni ticket de entrada.

Parque Nacional de Flinder Chase. Formas surrealistas en REMARKABLE ROCKS.

Menos de una hora separa Adelaide de la isla. El tiempo de tomar una cerveza en Cape Jervis mientras esperas el barco. Así de fácil es verse rodeada de wallabies, canguros, koalas, equidnas o pingüinos, habitantes de una isla de acantilados imponentes y playas hermosas de solitaria arena blanca. El capitán Flinders la bautizó Isla Canguro a principios del siglo XIX, en homenaje a los banquetes que estos animales le proporcionaban (a estos marinos les conquistaba el estómago…); por supuesto, no me acerqué a esas latitudes con ese fin, aunque sí probé otras peculiaridades gastronómicas que ofrece la isla, acompañadas de un vino excelente, pues esta maravilla del Índico ofrece todo lo que uno necesita para no dejarse de sentir sorprendido y agradecido al entorno. Así me saludó Penneshaw, una de las tres “ciudades” de una isla convertida prácticamente toda ella en parque nacional. Me había traído a Ben desde Adelaide, un guía rubio y barbudo que me mostró una familia de leones marinos adormitados bajo el ondulante Arco del Almirante en la Bahía de Seal; me llevó a soñar con otros paisajes cercanos a mi casa en las dunas del Little Sahara; y me sentó, durante lo que me pareció un rato interminable, en la orilla de un lago, en medio del Parque Nacional de Flinders Chase, a la espera de que un extraño animal marino (del que no recuerdo el nombre), asomara por allí su cabecita. En ese intento frustrado, un equidna salió de entre los árboles para desaparecer de nuevo con su cuerpo de púas y su andar coqueto, enraizado a la tierra, absorbiendo insectos que comer. Esa misma tarde, tras la foto de tono surrealista en Remarkable Rocks y mientras olía a cena en la cabaña, me encontré rodeada de eucaliptos y me acerqué para observar de cerca. Los koalas dormían, aferrados al árbol y, como quien ve una estrella fugaz en una noche de luna llena, uno de ellos movió su brazo y giró la cabeza. Con una lentitud de siglos, empezó a masticar una hoja y otra vez mantener la respiración… no vaya a ser que mi sorpresa estropee esta escena inesperada. Come back to Adelaide, guys! Se acabó la visita al parque. Un wallabi se acerca a despedirse. No hay nada más suave que la piel amiga de estos canguros.